He salido a pasear en bicicleta. Al lado del camino había dos pitas en flor, el tallo era altísimo. Durante algunos años las pitas son solo hojas verdes, largas, carnosas y llenas de pinchos. Pero de repente, una primavera, nace del corazón de la pita un tallo largo y grueso que alcanza los diez metros de altura cargado de flores. Es lo último que hace, después de florecer la pita muere.
Hay una gran desproporción entre el tamaño de las hojas y el del tallo que sostiene los racimos de flores. Llegado el momento de la floración la planta hace un cambio radical, concentra todas sus fuerzas en un objetivo y se eleva hasta donde parecía imposible.
Las normas de la moral, por más ajustadas y acertadas que sean, son sólo lo mínimo que se pueden pedir. La moral es una escuela básica de vida y de convivencia y de vez en cuando tiene cuestiones importantes a recordar pero no lo es todo. Jesús anima a ir más allá de lo mínimo. De entrada hay normas injustas que deben ser superadas pero también el hecho de vivir centrado en las leyes debe ser superado.
De buenas a primeras puede parecer que Jesús sustituye la Ley de Moisés por una de mejor pero no es así. Las indicaciones que propone Jesús son desconcertantes: deshacerse del dinero y dárselo a los pobres, dejarse robar la túnica, alegrarse de ser perseguido, amar a los enemigos... Todo el mundo puede entender qué quiere decir amar a los de casa y desconfiar de los de fuera, pero amar a los enemigos supone un giro en la manera de actuar que no está claro hasta dónde puede llevar, ni siquiera si será posible. Las indicaciones de Jesús son paradójicas, son más un reto o una provocación que normas en sentido estricto. Las normas suelen dar seguridad en cambio seguir los consejos de Jesús es más bien arriesgado.
Jesús no propone una nueva Ley sino que va más allá de la ley. Hay que proponer retos que despierten a las personas y las orienten hacia objetivos que ninguna ley podría pedirles. La moral puede ser una preparación pero la fe de verdad pone a prueba, hace madurar, supone un salto y un cambio de registro que lleva a dar el máximo de uno mismo.
Hay una gran desproporción entre el tamaño de las hojas y el del tallo que sostiene los racimos de flores. Llegado el momento de la floración la planta hace un cambio radical, concentra todas sus fuerzas en un objetivo y se eleva hasta donde parecía imposible.
Las normas de la moral, por más ajustadas y acertadas que sean, son sólo lo mínimo que se pueden pedir. La moral es una escuela básica de vida y de convivencia y de vez en cuando tiene cuestiones importantes a recordar pero no lo es todo. Jesús anima a ir más allá de lo mínimo. De entrada hay normas injustas que deben ser superadas pero también el hecho de vivir centrado en las leyes debe ser superado.
De buenas a primeras puede parecer que Jesús sustituye la Ley de Moisés por una de mejor pero no es así. Las indicaciones que propone Jesús son desconcertantes: deshacerse del dinero y dárselo a los pobres, dejarse robar la túnica, alegrarse de ser perseguido, amar a los enemigos... Todo el mundo puede entender qué quiere decir amar a los de casa y desconfiar de los de fuera, pero amar a los enemigos supone un giro en la manera de actuar que no está claro hasta dónde puede llevar, ni siquiera si será posible. Las indicaciones de Jesús son paradójicas, son más un reto o una provocación que normas en sentido estricto. Las normas suelen dar seguridad en cambio seguir los consejos de Jesús es más bien arriesgado.
Jesús no propone una nueva Ley sino que va más allá de la ley. Hay que proponer retos que despierten a las personas y las orienten hacia objetivos que ninguna ley podría pedirles. La moral puede ser una preparación pero la fe de verdad pone a prueba, hace madurar, supone un salto y un cambio de registro que lleva a dar el máximo de uno mismo.