Mostrando entradas con la etiqueta La vida nos habla. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La vida nos habla. Mostrar todas las entradas

sábado, 26 de septiembre de 2015

Olor a lavanda

Esta mañana, hacia el final de mi paseo en bicicleta, me ha sorprendido el perfume de unas matas de lavanda. El olor de lavanda siempre me ha gustado. Me transporta a experiencias de mi infancia, de los veranos en el Penedés, de excursiones por la montaña... Parece imposible que un soplo de perfume que dura apenas unos instantes pueda resumir y encadenar tantas y tantas experiencias.
No es fácil explicar cómo es nuestro mundo interior pero sí podemos decir que las experiencias se suman y se refuerzan y que hay sensaciones y sentimientos que pueden parecer momentáneos pero que no lo son y terminan por dibujar prioridades bien definidas que dan consistencia a nuestra historia personal.
Así encontramos vivencias puntuales que resumen y explican quiénes somos, qué nos interesa o qué esperamos. Un solo día con sus diversos momentos puede contener la totalidad de nuestra vida. Como dice el salmo, a los ojos de Dios mil años son como un día... y un solo día mil años. La experiencia cristiana también queda bien definida por los momentos puntuales que la alimentan y la van concretando a lo largo de una jornada. Aquí quiero repasar los elementos que han dado y dan consistencia a mi fe. Repaso las veinticuatro horas de un posible día cualquiera...
Me voy a dormir, me acuesto, pienso muy poco en el día que vendrá y me fijo en el día que termina y doy gracias. Me dirijo a Dios, espero que él sabrá escucharme, pero también me aseguro de que me quede bien vivo y bien claro el recuerdo de los detalles de bondad y de generosidad de las personas con que me he encontrado. Si queremos amar es el único recuerdo que vale la pena de esforzarse por conservar.
Me duermo con facilidad, aunque de vez en cuando también tengo pesadillas. No he encontrado aún una respuesta clara que resuelva todos mis miedos. Entiendo que hay cosas que no dependen de mí y no sirve de nada insistir. En este punto sólo puedo confiar sin entender: todo está en manos de Dios.
Me levanto, me ducho, desayuno y salgo hacia el trabajo repitiendo alguna canción de Taizé o del grupo Kairoi en voz muy baja o silbando. Aunque a veces pierdo el hilo la música vuelve y me acompaña todo el camino hasta que llego a la sala de profesores de la escuela. Algunas veces durante el día siento que la melodía se repite y me alegra pensar que en algún rincón dentro de mí se respira paz.
A primera hora de la mañana es cuando mejor trabajo y aprovecho para preparar las clases de religión, las celebraciones que hacemos con los alumnos o bien alguna sesión de formación de la parroquia. A menudo hay un texto u otro del evangelio que conviene releer. Siempre que vuelvo a un mismo fragmento encuentro nuevos matices, se me ocurren nuevas reflexiones o entiendo más bien qué dice. Es la mejor forma que conozco de estar cerca de Jesús y de no acomodarme a una imagen hecha a la medida de mis gustos. Sin el Evangelio mi vida sería otra.
Por el pasillo me saludan algunos alumnos. Los más trastos nunca pierden la oportunidad y siempre son los primeros de acercarse. En clase no es fácil acertar qué les puede convenir, ni tampoco está demasiado claro que las notas que los ponemos sean justas... pero aquí en el pasillo, como debería ser siempre, la relación tú a tú pasa por delante de todo. Si algo nos hace salir adelante a todos es la proximidad personal. Espero que este encuentro mínimo les sea provechoso, espero saber estar a su lado y no perder la capacidad de confiar. Sé que las relaciones personales sinceras pueden cambiar el mundo.
En clase, cuando puedo explicarme, me lo paso fantásticamente bien. Trabajando con la palabra, hablando o escribiendo, soy muy feliz. Cuento que esta es mi vocación, la vida no me ha indicado otra cosa. No necesito tantas horas de clase como hago para ser feliz, pero me hacen falta para llegar a fin de mes. Tener los pies en el suelo es imprescindible para una experiencia de fe equilibrada.
Tengo tendencia a revisar una y otra vez algunos acontecimientos. Paso horas y horas dando vueltas a las ideas. Dudo, me enfado, analizo todos los detalles posibles, busco información, discuto conmigo mismo o con algún voluntario imaginario... La razón es una máquina trituradora. Con el tiempo he aprendido que no hay para tanto, que a pesar de, posiblemente, tener razón en algunas cuestiones esto no me ayuda a avanzar. Pasear en bicicleta o salir a dar una vuelta son recursos para romper esta espiral y hacer un paréntesis que me ha salvado la vida más de una vez. Algunas veces incluso encuentro tiempos largos para el silencio y la meditación.
Quedamos con los amigos para cenar. Hacemos oración y cenamos juntos una vez al mes, compartimos la fe y la amistad. Estos encuentros son una suerte increíble, no conozco muchas experiencias tan parecidas a la última cena de Jesús. Son sacramento de sacramento, como la Eucaristía es sacramento de Jesús y Jesús lo es del Padre.
Poco antes de acostarme asomo un momento la cabeza por la ventana, miro al cielo y aspiro con los ojos cerrados el aire de la noche... es de los pocos retales de belleza natural de que puedo disponer en ciudad. Tragarme el aire limpio y fresco me hace sentir vivo. La respiración es una oración sin palabras, la más básica, un sí a la vida y al Espíritu que la anima.
Depende de épocas hay recursos que me han ayudado más que otros. En cualquier caso el paso del tiempo no los estropea: sirvieron a otros antes que a mí, me son útiles ahora y servirán más adelante. Son como las pequeñas flores secas de la lavanda que a pesar de haber pasado treinta o cuarenta años todavía huelen cuando las frotas entre los dedos.

sábado, 22 de agosto de 2015

Alcanzar las nubes

El sábado estuvo lloviendo todo el día, pero para el domingo se anunciaba buen tiempo y decidimos subir al Aneto. Después de varias horas de camino, cuando ya estábamos a 3200 metros de altura, nos atrapó una espesa niebla y tuvimos que descender sin llegar a la cima.
A pesar de todo fue una experiencia increíble: las cimas verdes de las montañas cercanas iluminadas por la primera luz del día, un cielo azul intenso durante casi toda la ascensión, las rocas gigantescas por donde trepamos, el murmullo constante del agua que se escurría invisible por todas partes, el glaciar reluciente, el mar de nubes que teníamos bajo los pies, la niebla que se presentó por sorpresa...
Todo alimentaba la impresión de estar en un espacio único y excepcional donde podrías quedarte observando horas y horas sin aburrirte. Del mismo modo cualquier sensación de cansancio o de miedo se veía superada de largo por la alegría y la admiración.
En situaciones como ésta, en las que te das cuenta de la inmensidad del mundo y de la fuerza de la vida, te sientes sobrepasado: no tienes suficientes sentidos para captarlo todo, ni suficiente memoria para retener lo que percibes, ni palabras adecuadas para identificar tus recuerdos...
Sin embargo esta inmensidad sólo se puede adivinar porque nunca llegas a conocerla realmente, ni la puedes hacer tuya por completo. La tienes en frente pero se te escapa. Más bien es ella la que te tiene a ti. Lo mismo que en la experiencia del deseo, que cuanto más vivo lo sientes más percibes lo que te falta en vez de lo que tienes, aquí, como más amplia es la perspectiva sobre el mundo más descubres todo aquello que no sabes, que no entiendes, que no controlas...
La experiencia de ser sobrepasado pacíficamente revela la existencia de un espacio de misterio, de un más allá de nuestro mundo cotidiano. No es demasiado difícil darse cuenta de ello. Aunque es un ámbito de desconocimiento y no nos da mucha información. Por eso son posibles interpretaciones diversas: podría ser el espacio que Dios habita, también podría ser un vacío infinito.
En cualquier caso, aunque Dios viva ahí sigue siendo un espacio de preguntas, no de respuestas. Lo poco que podemos saber es que sorprende, desconcierta, llama la atención, se hace admirar, interesa, genera dudas... Se presenta pues como una provocación, un reto o un punto de partida, nunca un punto de llegada. Podría ser la voz de Dios que hace una llamada en silencio, a través del mundo y de la naturaleza, e invita a buscar, a trabajar, a probar, a insistir. O quizás sólo dice: “La cima todavía sigue ahí. Vuelve a intentarlo.”

sábado, 23 de mayo de 2015

El coche amarillo

Se celebra la jornada de puertas abiertas en la escuela, mientras los maestros hablan con los padres, los niños y las niñas se entretienen con los juguetes de los diversos rincones: cocinas, coches, juegos de construcción... Durante un buen rato un coche amarillo ha estado sobre una mesa olvidado de todo el mundo. Una niña coge el coche y empienza a jugar, inmediatamente otra se le acerca y le tiende la mano: "Lo quiero yo."
Muchas veces no damos importancia a algo hasta que descubrimos que tiene valor para alguien. Tampoco las grandes palabras: la solidaridad, la empatía, la justicia, la paz, la fe... no tienen ningún valor si no son importantes para alguien: nos atrae la solidaridad de tal ONG o de tal persona, nos seduce la fe de aquella tradición, nos admira el sentido de la justicia de tal decisión o nos indigna la falta de equidad de tal sentencia.
La fe cristiana tampoco tendría sentido alguno sin Jesús, un Jesús encarnado y contextualizado, con gestos y actitudes concretas. Ni se habría mantenido viva sin personas de diversas épocas que han retomado y profundizado esta experiencia. Es la sabiduría práctica, la forma de vivir, la espiritualidad concreta la que da fuerza y consistencia a una fe.
La experiencia religiosa es más importante que las ideas, las normas o los textos que tratan de delimitar en qué consiste esta experiencia. Demasiado a menudo se confunden las explicaciones y las precisiones técnicas con la fe. Y es que manejar ideas es bastante más fácil que seguir de cerca los giros sorprendentes que da la vida.
No se puede pues ni educar, ni despertar la fe al margen de la experiencia creyente. Por ello resulta imposible separar la Iglesia y sus miembros del mensaje de Jesús. Porque, en realidad, el mensaje no es lo que se dice o se enseña sino lo que se vive y el ambiente que se respira. Del mismo modo que hay vidas y entornos que dan valor a la fe y refuerzan su sentido, hay situaciones y experiencias que pueden oscurecerla completamente.
En cualquier caso cada uno debe decidir en qué experiencia se quiere fijar y así fácilmente encontrará argumentos bien para criticar la fe, bien para elogiarla. También deberá valorar si le basta con las noticias que aparecen en los medios de comunicación o con el discurso oficial de la Iglesia, o bien tiene que buscar más a fondo. Está claro que hay experiencias actuales que permiten descubrir toda la profundidad que puede tener la fe: comunidades, grupos, congregaciones, proyectos solidarios y también la vida de algunas parroquias afortunadas.
Sólo acercándonos a estas personas y experiencias es posible que se despierte alguno de nuestros intereses y lleguemos a decir "yo también quiero".

sábado, 11 de abril de 2015

Legañas y rasguños

De pequeños mi madre nos decía a veces: “Ven, ¿qué tienes ahí?” Se humedecía un dedo con la punta de la lengua y nos sacaba una legaña pegada al borde del ojo. En otras ocasiones la saliva servía para limpiar un rasguño en la piel.
Jesús cura a un ciego escupiendo y frotándole los ojos con saliva... No es un gesto muy sofisticado, pero tampoco es repulsivo, sobre todo si lo entendemos como una intervención maternal.
Todavía hay personas que consideran a Jesús como un simple transmisor de ideas. Pero es imposible comprender quién es sin fijarse en su sensibilidad, su compasión, su ternura, su proximidad maternal... Estos sentimientos que Jesús muestra a menudo, también el dolor o la alegría, comunican mucho más el amor de Dios que sus palabras.
Tampoco nuestra fe puede entenderse al margen de los sentimientos. Ni las nociones bien definidas de la teología, ni las normas morales o las infinitas aclaraciones de la liturgia pueden despertar la fe. Las mejores ideas no son más, ni menos, que buenos acompañantes de la experiencia de fe que nace del corazón.
Desgraciadamente hay una fijación racionalista en el cristianismo católico que se niega a reconocer el papel central de los sentimientos en la vida del creyente. Está claro que la fe no se puede reducir a una emoción momentánea. La cuestión es reconocer la importancia de los deseos y las aspiraciones humanas en los que se arraiga la fe y aceptar que la vida personal no se mueve por razones sino por profundos sentimientos y convicciones. Al final, negar o perseguir los sentimientos se convierte en una fuente de malestar y de desequilibrio personal.
En los evangelios vemos cómo Jesús se emociona y expresa su estado de ánimo sin avergonzarse: llora, da gracias, se desespera, duda... Y por eso mismo, porque sabe vivir cada situación y sabe gestionar sus emociones puede entender el mundo interior de los demás y acompañarles en su camino personal: “¿Qué queréis?” “¿Por qué lloráis?” “¿Qué discutíais?” "No temáis.” Jesús acoge a todo el mundo, se hace cercano, cómplice, entiende los problemas de la gente y las situaciones por las que pasan por que se acepta y se conoce a sí mismo... nada humano le queda lejos.
Los sentimientos y las emociones son la principal manifestación de por dónde va nuestra vida, de por dónde va nuestra fe. No sería posible cuidar de la vida, ni atender el día a día de nuestra fe, sin acoger y atender a nuestros estados de ánimo. Quien no se conoce, no se escucha, no sopesa el valor real de cada emoción, ni busca la forma de gestionar lo que siente insistiendo o rectificando... nunca sabrá dónde está, ni de dónde viene ni hacia dónde va. Tampoco podrá entender a los que tiene al lado ni captar pista alguna de lo que Dios le está diciendo. ¿Cómo podría pretender, entonces, sacar la paja del ojo de otro si él mismo está ciego?

jueves, 12 de marzo de 2015

Fragmentos de cerámica

En el museo de las termas romanas de Badalona hay algunas piezas de cerámica ibérica. Las encontraron hechas pedazos al excavar en un yacimiento cercano y un equipo de arqueólogos las reconstruyó. Había fragmentos en muy buen estado que todavía conservaban el dibujo original, otros en cambio lo habían perdido y algunos agujeros se tuvieron que rellenar con yeso.
A menudo encontrar el equilibrio personal se parece bastante a la reconstrucción de una vasija de barro. Con paciencia hay que ir encontrando cuál es el lugar que corresponde a cada fragmento, a cada deseo, a cada emoción, a cada idea... en beneficio del conjunto.
Durante mucho tiempo la pedagogía oficial de la Iglesia se ha limitado a identificar, denunciar y prohibir los pecados como si con eso ya quedara todo resuelto. Pero los deseos, los sentimientos y las ideas que nos pueden llevar a hacer el mal forman parte de nosotros, están profundamente entrelazados con otros deseos y sentimientos que nos animan a vivir y a amar. No se puede pretender suprimirlos sin más.
A medida que nos conocemos a fondo podemos identificar qué deseos, emociones y pensamientos vale la pena animar y de cuales conviene tomar distancia. Pero los impulsos problemáticos nunca desaparecerán del todo, sólo los podemos limitar y minimizar, con suerte, quedarán como dormidos.
Tenemos que conseguir ser nosotros mismos con todas las piezas, tanto las que conservan el dibujo original de su creador, como las feas o deformadas por el tiempo. Necesitamos, pues, aprender a convivir con el pecado y el mal. Cuando la persona no reconoce sus deseos o emociones perjudiciales y los niega o los esconde suelen convertirse en una fuente de malestar... aparte de hacer imposible gestionarlos.
Nosotros también contribuimos a hacer el mal, aunque no queramos. Conviene aceptarlo con humildad. En esto consiste llevar la propia cruz: hacernos cargo de nuestras carencias -aunque no seamos directamente culpables de ellas- y ahorrar a los demás una parte del dolor y el malestar que hay en nuestro entorno. Sin lugar a dudas, los mejores compañeros de camino son los que tienen bien asumidas sus propias limitaciones y no pretenden cargarlas a nadie.
En relación al pecado los primeros cristianos hablaban de reconciliación entre Dios y las personas, entre diversos grupos humanos y también, de alguna manera, de la persona consigo misma. Reconciliar habla de conseguir un todo donde no falta nada pero se trata de una totalidad donde cada parte, cada matiz, ha sido reconocida por las demás y ha quedado así integrada.
Al fin i al cabo sólo una vasija o una jarra de barro enteras son aptas para contener vinos, aceites, semillas o algún tesoro.

domingo, 1 de marzo de 2015

La guía de excursiones

Salí de excursión con mis hijos y mis sobrinos. Sobre el papel la ruta parecía muy evidente pero a partir de cierto punto no había un camino claro y atajamos en línea recta por la pendiente hasta encontrar un paso. Una vez arriba vimos que se podía llegar por tres caminos diferentes.
Las explicaciones, por detalladas que sean, sólo son una aproximación. El auténtico conocimiento lo da la experiencia. Demasiado a menudo en cuestiones de fe la gente se conforma con cuatro instrucciones aparentemente claras en vez de querer profundizar. También suele ser habitual que cuando las instrucciones fallan se abandone la fe... como si al estropearse la cerradura de la puerta de nuestra casa decidiéramos cambiar de domicilio.
Un cristianismo aceptado socialmente propició en el pasado una progresiva simplificación de la fe. Y hoy todavía no tenemos una conciencia clara de qué es importante y qué no en cuestiones de fe. Es necesario, pues, ir a las raíces y recuperar la experiencia de fe con toda su profundidad, sin preocuparnos por cómo nos organizamos o qué se debe celebrar tal día. Y para ello habrá que aprender de nuestra historia, de la historia concreta de las personas que han vivido la fe, de los miles de santos anónimos que han seguido a Jesús.
Observando las personas que a lo largo de los siglos han seguido las líneas de trabajo de Jesús se adivinan diversos núcleos de experiencia significativos. Un núcleo se encuentra en la lucha por la justicia, la denuncia de la marginación y el trabajo por la promoción humana, la construcción de la paz, el cuidado de la salud y la educación. Otro es la experiencia de vida en común, en grupos de reflexión o de oración, en pequeñas comunidades, en la vida parroquial, en comunidades religiosas y en monasterios, en movimientos y asociaciones, en encuentros y celebraciones. Un tercer camino es la búsqueda de Dios desde el silencio, profundizando en uno mismo, con el estudio, la oración, la meditación...
No es posible encontrar ni seguir a Jesús en abstracto. Él se encuentra siempre encarnado en contextos y experiencias concretas. O bien encuentro a Jesús en mí, o bien lo encuentro en la comunidad o bien lo encuentro en los pobres de nuestro mundo. Sin rehacer la experiencia de Jesús no es posible conocerle, ni entenderle, ni seguirle.
Fuera de estos núcleos de experiencia no hay fe cristiana posible, ni tampoco auténtica Iglesia. Las diversas líneas de trabajo son, en realidad, una red de caminos que están interconectados y unos llevan a otros y, al final, todos llegan a Jesús. En cualquier caso sin pisar ningún camino, ni perderse ni sufrir algún rasguño es imposible encontrarlo.

martes, 17 de febrero de 2015

El molde

A mi hija mayor le han regalado un molde de silicona para hacer pasteles. Tiene unas letras grabadas en el fondo que dicen cookie que quedan reproducidas en relieve en la parte superior del pastel una vez desmoldado.
Las palabras también son una especie de molde que da forma a la experiencia: identificamos que es una sombra que se mueve a lo lejos diciendo que se trata de un rebeco, o aclaramos que no hay peligro cuando decimos que el agua es poco profunda... Las palabras ponen en relación experiencias nuevas con otras ya conocidas y les dan un significado.
Las oraciones que recitamos funcionan igual, son una manera de dar forma a la experiencia religiosa. Rezar es una de las formas más simples de oración: pide poco esfuerzo, ayuda a fijar la atención y poco a poco va despertando nuestros sentimientos. De entrada puede parecer un tipo de oración pobre o, tal vez, vacío pero con el tiempo y de forma imperceptible las palabras se van llenando de vida. Por eso no es indiferente el molde que utilizamos para rezar. Lo que decimos llama o convoca a una cierta experiencia.
A mí, por ejemplo, se me hace raro hablar de vos. Hace mucho tiempo que no oigo expresiones como estas que ya eran raras cuando yo era pequeño. En cambio, la palabra que Jesús elige para dirigirse a Dios es Abba, papá, es la expresión familiar que usaría un niño. Cuesta entender que la versión catalana del Padrenuestro mantenga este trato de vos cuando se dirige a Dios.
Es muy diferente decir: Padre nuestro que estáis en el cielo... (en segunda persona del plural) que decir: Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Nuestro pan de cada día danos hoy; perdona nuestras ofensas, que nosotros perdonamos a los que nos han ofendido; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal.
Las palabras, no las grandes palabras que aparecen en los documentos oficiales ni los tecnicismos de las aulas de teología, sino las que repetimos cada día configuran nuestra experiencia de Dios. La oración dirigida a un Tú expresa y da consistencia a los sentimientos de confianza, de proximidad, de aprecio... Y abre el camino para hablar tú a tú con Él.
Es un rasgo distintivo de Jesús: nada de palabras altisonantes, ni celebraciones solemnes, nada de templos pomposos, ni de intermediarios que gesticulan ante la multitud... Hay que saber orar en un rincón escondido y dirigirse tú a tú al Dios que nos acompaña a todas partes. Sólo hablando a Dios de Tú es posible rehacer la experiencia de Jesús que se reconoce como Hijo... Él, su vida y sus palabras, son el molde que nos permite llegar a vivir también como hijos.

sábado, 31 de mayo de 2014

¿De dónde lo ha sacado?

En el metro viajaba un niño pequeño con su madre y sus abuelos. “Esta estación es Bac de Roda”, dijo el niño. Su madre se quedo mirando a los abuelos con cara de extrañeza y les dijo: “No sé de dónde lo ha sacado.”
De pequeños aprendemos muchas cosas sin que nadie se ocupe de enseñárnoslas. Apenas adivinamos que una información puede tener algún valor intentamos aprovecharla de inmediato. Igualmente cuando nos hacemos mayores sólo aprendemos lo que nos interesa independientemente de lo que nos pretendan enseñar.
El interés por llamar la atención, por ser uno más y no quedarnos atrás despierta nuestra atención. De este deseo de no alejarnos de los demás y de crecer nace nuestra primera sabiduría.
Desear nos hace sabios. Buscando lo que queremos escuchamos, observamos, revolvemos, elegimos, probamos, insistimos... y aprendemos. La sabiduría no son ideas sino hallazgos sobre quiénes somos, qué tenemos que hacer, con quién queremos estar, qué vale la pena, y también alguna decepción. Aunque es imposible dar pasos adelante sin perseguir algún deseo.
Los deseos son el motor de nuestra vida. Es cierto que a veces pueden resultar problemáticos y causarnos dolor o alterarnos hasta el punto de reaccionar con violencia. Pero son también la fuerza que nos mueve a querer, a actuar solidariamente, a construir la paz...
El deseo nos empuja sin pedirnos permiso, no conocemos su origen y, más allá de cada objetivo concreto, no podemos adivinar su propósito final... Se parece mucho a lo que Jesús explica del Espíritu: notamos su fuerza pero no sabemos ni de dónde viene ni hacia dónde va.
Sea como sea esta energía persistente, que nos da fuerza más allá de nuestras fuerzas, es un regalo que se nos hace y que hay que saber acoger. Finalmente el deseo resulta decisivo para llegar a ser nosotros mismos y saber si la estación en la que nos hemos apeado del tren es realmente el lugar donde queríamos ir y nos satisface, o no es así y hay que ponerse en camino otra vez.

miércoles, 23 de abril de 2014

Error

Los ordenadores de hace unos años no tenían un funcionamiento muy estable. Dabas una instrucción equivocada y ya no podían seguir trabajando. "Se ha producido un error fatal y el ordenador se apagará". En un momento podías perder todo el trabajo que habías hecho.
Las personas no funcionamos así. Equivocarse no suele ser el final de todo aunque pueda parecerlo. Los errores son, muchas veces, un paso más: nos ayudan a avanzar, a tomar conciencia de nuevos problemas, a profundizar, a rectificar... Nunca se pierde nada completamente, todas las experiencias cuentan en nuestra vida, tanto para bien como para mal. Necesitamos saber encajarlas y sacarles algún provecho.
Jesús se encuentra con personas que han equivocado su camino pero no las regaña, ni les da lecciones... espera que ellas mismas saquen las conclusiones pertinentes y las anima a ponerse en marcha otra vez. Con su silencio cálido les descubre que Dios es una puerta siempre abierta, un horizonte esperanzado.
Con demasiada frecuencia se piensa que la respuesta que espera Dios de nosotros es la perfección moral... Él es santo, Él es perfecto, nosotros no. Quererlo todo aquí y ahora es una ilusión infantil que impide nuestra maduración y nos llena de amargura.
El adulto en la fe es aquel que ha aprendido a caminar a pesar de las limitaciones y los fracasos, a desenvolverse con los recursos que Dios le ha dado y a buscar el bien en unas circunstancias en las que lo que se ha conseguido, personal o comunitariamente, no es nunca definitivo. Dios espera de nosotros que no dejamos de confiar, de luchar, de buscar, que no nos rindamos ni nos conformemos.
Sólo Dios es santo. "Santo" más que "perfecto" significa "separado", "diferente", que no es como nada de lo que conocemos. Aunque Jesús y la tradición bíblica nos ha enseñado que Dios comparte su santidad. Las personas podemos dejarnos seducir por Él y entonces nuestra perspectiva sobre nosotros y los demás cambia: ya no nos guiamos por lo que es habitual, conocido o esperable... nos guiamos por una esperanza fuera de lo común. Gracias a esta santidad cedida que nos separa de lo que es más corriente podemos hacer cosas excepcionales, sin ser perfectos.
Nada nos protegerá de cometer nuevos errores pero podemos confiar en que ningún error será fatal.

domingo, 23 de marzo de 2014

¿Tenedor o pulsera?

Cuando mi hija mayor cumplió dieciocho años mi padre le regaló una pulsera de plata. Era en realidad un antiguo tenedor transformado hábilmente por un joyero. La plata por sí sola tiene su valor pero no tiene ni la mitad de interés que puede tener una herramienta útil para comer o un accesorio para vestirse de fiesta.
Las personas también somos un metal valioso que debe saber encontrar su forma de ser útil. En cada etapa de nuestra vida se nos plantean nuevos retos y debemos encontrar la mejor manera de darles respuesta. Nuestra felicidad dependerá de acertar en que capacidades debemos movilizar y hasta qué punto logramos compartir los resultados con los demás.
Cuando se trata de seguir a Jesús pasa algo parecido: a cada uno le conviene descubrir qué habilidades pueden serle útiles para ponerse al servicio de los que lo rodean. De hecho, hay una infinidad de formas diferentes de seguir a Jesús. Si hemos llegado a la conclusión de que Jesús es Dios no nos debería sorprender que se le pueda encontrar por infinitos caminos.
También es cierto que el camino que nosotros elegimos no nos descubrirá a Jesús completamente, porque nadie por si solo puede agotar toda la profundidad y riqueza de matices que tiene su persona. Llegar a percibir un perfil de Jesús suficientemente completo sólo es posible en comunidad. Es a través del conjunto de opciones diversas que se configura una imagen mínimamente clara de Jesús.
Así pues buscar a Jesús es a la vez un camino personal y un camino compartido, un proceso de búsqueda interior y al mismo tiempo de diálogo, un trabajo de definición personal y simultáneamente de consolidación de proyectos con otros perfiles y mentalidades, un servicio esforzado y también un regalo.
Dentro de la comunidad cada uno puede llegar a ser una autoridad en su especialidad y su palabra tendrá un peso destacado a la hora de decidir sobre determinadas cuestiones. Pero en cuanto a la vida en común o al seguimiento de Jesús todos tenemos sólo visiones parciales, igualmente interesantes y valiosas pero incompletas, lo que hace imposible que nadie pueda decidir acertadamente en nombre de todos. Sólo la búsqueda de un consenso o la participación democrática permiten tomar este tipo de decisiones.
Las pulseras y los tenedores sirven para tareas distintas pero para hablar de Jesús lo que cuenta es servir. Cada servidor es pues una voz autorizada para hablar de Él y también su voto vale para decidir cómo debemos seguirle todos juntos.

viernes, 7 de marzo de 2014

Fotografías antiguas

Desde hace años mi tío ha ido recogiendo datos y fotografías antiguas de la familia. En muchos casos las imágenes son únicas y no es posible encontrarlas en otro sitio. De algunos tatarabuelos estas imágenes en blanco y negro y su nombre es todo lo que nos ha quedado de ellos.
Jesús tenía poco más que su ropa cuando lo condenaron, no dejó nada escrito, ni tampoco disponemos de ninguna imagen de él que sea más o menos fiable. Todo lo que tenemos son los recuerdos que nos han transmitido sus discípulos: hechos, palabras, impresiones...
En la cultura judía de aquel tiempo, básicamente oral, había formas de expresión que facilitaban la retención de las ideas que se quería transmitir: parábolas, adagios, repeticiones dentro de un mismo discurso, gestos simbólicos que acompañan una idea... Gracias a todos estos recursos empleados por Jesús se ha conservado la mayor parte de su mensaje.
Aparte pero de sus explicaciones hay otra fuente de información para conocerlo. Son las reacciones que despertó su acción: la alegría de algunas personas, la reacción adversa de las autoridades, un entusiasmo popular que no duró mucho, la fidelidad de un grupo de discípulos...
Este grupo de seguidores que podían ser doce o más dependiendo de las informaciones; pescadores, trabajadores humildes, algún aventurero, alguna mujer... colaboraron con él, aunque no siempre le entendieron, y le siguieron hasta casi el final. En Jerusalén le dejaron solo y huyeron. La reacción de los discípulos parece confirmar que eran, eso, simples seguidores sin demasiada iniciativa ni criterio.
Pero contra todo pronóstico, después de desaparecer, los discípulos regresaron. No es fácil de reconstruir al detalle qué ocurrió exactamente, los mismos evangelios dan explicaciones diversas. Aunque todo indica que descubrieron algo de Jesús que cambió, esta vez sí, su vida.
El cambio de actitud de los discípulos explica mucho más que sus palabras. Su retorno, su resurrección como discípulos y como grupo, nos habla de la resurrección de Jesús. Su nueva forma de actuar da a conocer, revela, la nueva vida de Jesús que ellos ya han hecho suya. La alegría, la confianza, la valentía de los discípulos es, como una fotografía a todo color, la mejor imagen de la resurrección de Jesús. También hoy, vivir como resucitados es el principal argumento que tenemos los seguidores de Jesús para hablar de su resurrección.

jueves, 27 de febrero de 2014

Lanzar piedras sobre el agua

De niños jugábamos a lanzar piedras que daban saltos sobre el agua. Buscábamos piedras planas y las lanzábamos con fuerza a ras de la superficie para que al rozar el agua rebotaran hacia arriba. Alguna piedra podía llegar a dar cuatro o cinco botes antes de perder velocidad y hundirse.
Hay personas que parecen dispuestas a hacer todo tipo de saltos para evitar la más pequeña sombra de sufrimiento. Está bien eludir el sufrimiento pero no se puede pretender vivir como si el dolor no existiera: no llamar a las enfermedades por su nombre, no hablar de recuerdos que nos entristecen, no dar credibilidad a los datos que nos hablan de marginación...
El dolor no es bueno pero reconocer y aceptar su presencia es educativo. Asumir que hay dolor es un signo de madurez y equilibrio personal y es el primer paso para hacerle frente.
La vida de Jesús está en gran parte dedicada a atender el dolor y la desesperanza y a encontrarles respuesta. Él no hace caso de las leyes que impiden acercarse a los enfermos, los toca y los cura; elogia la fe de las personas que están dispuestas a luchar para cambiar su situación; invita a llevar la propia cruz y seguirle, que es como invitar a no detenerse a pesar del sufrimiento...
Muchas veces se ha insistido en la bondad del dolor, como si sufrir y pasarlo mal fuera voluntad de Dios, pagando así por el pecado propio o por el de los demás, y asumiendo con paciencia que la felicidad aquí y ahora no es posible. Pero no es este el mensaje de Jesús, ni el sentido de la cruz.
Jesús hace suyo el sufrimiento de otros y se complica la vida desafiando leyes injustas hasta el extremo de ser detenido y condenado. Pero todo esto lo hace con el objetivo de abrir nuevas posibilidades a la felicidad, no para sufrir. El sufrimiento es resultado de su sentido del servicio. Y es sirviendo que el Reino se abre paso poco a poco, que las bienaventuranzas se van haciendo realidad.
Con la muerte en la cruz Jesús se sumerge completamente en el dolor y el sin sentido pero no queda atrapado en él, vuelve a levantarse y los discípulos lo descubren vivo. Desde entonces hundirse y volver a nacer del agua es el distintivo de los cristianos, el bautismo: compartir el dolor de los que sufren con la esperanza de ponerse de pié, juntos, resucitados. Sólo con esta esperanza tiene sentido mojarse.

sábado, 25 de enero de 2014

El injerto

De joven pasaba los veranos en el Penedés, en una masía. Recuerdo que arrancaron una viña vieja que había cerca de nuestra casa. Con el tractor fueron sacando las cepas una a una. La primera parte de las raíces era tan gruesa como el tronco y en todas había una especie de nudo bastante grande. Después supe que estos nudos de la madera eran los injertos que se habían hecho al plantar la viña cuarenta o cincuenta años atrás.
El injerto une la raíz de una cepa resistente a las enfermedades, aunque estéril, con la rama de una variedad productiva de vid que se convertirá en el tronco de la nueva planta y dará fruto. Alguna vez se ha comparado la relación entre Jesús y nosotros con un injerto: Jesús renueva nuestra vida injertandola en la de Dios...
Durante mucho tiempo Jesús vive su vida como uno de tantos. Poco a poco los discípulos se dan cuenta de su singularidad. Y, finalmente después de la muerte, con la resurrección descubren que en Jesús latía una vida, la vida de Dios, que nada, ni la muerte, no ha podido ahogar. Desde esta nueva perspectiva se dan cuenta de que toda la vida de Jesús les habla de Dios.
Aunque Jesús no es un medio de comunicación cualquiera. Y no se limita tampoco a hablar de Dios o a dar buenos ejemplos. Él ha hecho presente a Dios porque Él es de Dios, Él es Dios. Y como tal ha compartido con nosotros los proyectos de Dios, los sentimientos de Dios, las prioridades de Dios, los intereses de Dios... De esta manera ha puesto Dios al alcance de todos. No ha pasado de largo ante ninguna persona, ni ante ninguna cuestión, ni ante ninguna situación dolorosa y por ello toda la vida humana ha sido transformada, toda, con savia nueva, un injerto de Dios.
Pero Jesús ha sido presencia de Dios sin dejar de ser un hombre. Él se ha movido dentro de los límites de la condición humana: se ha sorprendido, ha dudado, ha amado, ha soñado, se ha entristecido, ha sufrido... también ha muerto. Aunque ha sido con su manera de vivir la vida, con la trama de su historia personal, con las decisiones que ha ido tomando que ha ido haciendo realidad la cercanía de Dios. De esta manera viviendo como uno de nosotros ha dado una nueva consistencia a las posibilidades de vivir humanamente. Gracias a Él ahora es más posible llegar a dar los frutos que esperamos.
Son dos aspectos que no se pueden separar, que están estrechamente anudados. Ha vivido su vida con un sentido de humanidad tan profundo y generoso, tan solidario y comprometido como sólo Dios podía haberlo hecho.

jueves, 9 de enero de 2014

Vendaval

Hoy el viento sopla con fuerza. Sopla tan fuerte que cuando han tocado las diez en el campanario alguna campanada casi no se oía. No sería de extrañar que mañana aparecieran en los medios de comunicación imágenes de árboles tumbados en el suelo arrancados de cuajo. Los árboles caídos, a veces son muy grandes, llaman la atención por el tamaño de sus raíces pero más aún por el hecho de que no han sido suficientes para mantenerlos en pié.
No siempre se pueden precisar las causas, aparte del vendaval, de la caída de estos árboles: quizás la madera estaba enferma, quizás tenían una gran red de raíces pero demasiado superficiales... Las raíces son cuestión de educación: tener una gran extensión de conocimientos no garantiza que la persona se pueda mantener en pié cuando hace mal tiempo.
No se trata de querer profundizar en todo. Basta con tener alguna idea contrastada sobre quiénes somos y qué queremos. Ante la gran cantidad de información y de estímulos que recibimos cada día la cuestión principal es saber valorar y elegir.
¿Pero cómo darse cuenta de que no todos los datos son igual de relevantes? Con buenas ideas no basta: uno mismo debe descubrir por experiencia que puede orientarse en esta selva de datos. La persona debe aprender a escucharse a sí misma y arriesgarse a elegir, debe tener margen para probar y equivocarse, si es necesario, y aún darse tiempo para hacerse cargo de qué le va respondiendo el mundo que le rodea.
Si alguna persona se acerca a la comunidad eclesial, se encontrará con una situación muy similar: una sabiduría milenaria enorme de la que no parece nada fácil indicar qué puede tener de interesante.
La respuesta más habitual cuando se trata de identificar el núcleo de la fe cristiana es establecer una lista de contenidos prioritarios, presentarlos de la mejor forma posible matizando algunos detalles técnicos, insistir en aclarar y precisar el sentido de las celebraciones más importantes y dar algunas indicaciones prácticas para aterrizar la fe en la vida de cada día. Pero todo esto esconde lo que de verdad mantiene viva la fe.
La fe se enraíza en una experiencia de encuentro cara a cara con Jesús: puede ser un texto, puede ser una persona, puede ser un hecho... lo que nos pone ante él y nos descubre una nueva profundidad en nosotros y en los que viven a nuestro lado.
Si la comunidad cristiana no fuera capaz de crear, animar y cuidar de espacios de experiencia, de búsqueda, de profundización, de contraste, de descubrimiento personal de Jesús... sus explicaciones y aclaraciones quedarían sin valor y sus celebraciones o sus proyectos no aportarían ninguna novedad.
Forzosamente dar prioridad a la experiencia personal hace menos compacta la unidad ideológica de la comunidad pero la cohesión eclesial no depende de la uniformidad de ideas sino del vínculo que nace entre los que viven la fe arraigados en Jesús. Sin llegar a este nivel del subsuelo cristiano no hay árbol que aguante en este bosque cuando hace mal tiempo.

lunes, 30 de diciembre de 2013

Fractura

Juan, mi hijo, decidió saltar unas escaleras con su monopatín, una rueda le quedó atascada y salió disparado hacia delante. Fractura parcial de clavícula decía el informe médico. Al principio estaba muy contento de tener una nueva herida de la que hablar, pero poco a poco se fue desanimando porque le dolía y no podía jugar a nada. Después de tres semanas con el brazo inmovilizado y tres más sin hacer deporte todo ha vuelto a la normalidad, a su edad una fractura no es problema.
A menudo las causas de una rotura o de una división son la mar de simples y las soluciones no muy complicadas... aunque tienen un coste. No querer reconocer el daño que nos hace o el miedo a tener que ceder, suele hacer que la situación se mantenga indefinidamente y la solución de la fractura se alargue meses o años.
Cuando un gesto, una palabra, una mirada nos abre el camino de la reconciliación percibimos claramente hasta qué punto estábamos necesitados de reencontrarnos. Hay mil caminos sencillos para quien está dispuesto a reconciliarse, sólo hay que dejarse llevar.
La reconciliación entre personas, entre grupos sociales o étnicos, incluso con uno mismo y la propia historia, también con Dios... podría resumir muy bien el contenido de todo el Evangelio, el sentido del Reino y toda la vida de Jesús. Reincorporar a los marginados en la sociedad, ayudar a las personas a recuperarse de las heridas recibidas, hacer del perdón un elemento clave de las relaciones personales, acoger tanto a judíos como a paganos, dirigirse a un Dios de amor más que de condena... son algunos de los caminos que recorre Jesús.
Un reto de este alcance no queda ni por asomo bien representado por la práctica de un único sacramento y menos en formato individual, hay una gran cantidad de gestos más que pueden servir para este fin. Y de hecho el principal sacramento de la reconciliación debe de ser sentarse todos juntos alrededor de la mesa con los hermanos, atentos a hacer llegar el pan a quien no lo tiene, celebrando un Dios cercano que se deja encontrar en las cosas más sencillas.
Jesús mismo es, desde el punto de vista creyente, la reconciliación en persona: la sorprendente posibilidad de que convivan simultáneamente la identidad personal de un judío del siglo I y la imagen que tiene Dios de toda la humanidad, las acciones concretas de tres o cuatro años de predicación y el misterio inalcanzable de un Dios que lo ha hecho todo, unas cuantas palabras o muchas, aunque limitadas, y el saber infinito...
En la clavícula de Juan el punto donde se había producido la fractura aún se nota, ha quedado un pequeño bulto, pero las dos partes del hueso están unidas, según dicen los expertos, más sólidamente que antes. Así aún es posible identificar en buena medida cada fragmento pero es que la reconciliación no anula las diferencias, ni mezcla, ni confunde, ni suprime nada sino que construye puentes.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Pieza de puzle

Hace años recuerdo haber hecho un puzle y al final descubrir que le faltaba una pieza. Por el hueco que quedaba en medio del rompecabezas se podía reconocer fácilmente la forma que debía tener, la busqué pero no conseguí encontrarla por ninguna parte.
La figura del hueco y la de la de la pieza extraviada son la misma, una en negativo, la otra en positivo. El mismo perfil que define la personalidad de alguien, delimita igualmente sus carencias. Los dones y los defectos son dos caras de una misma personalidad.
Pero las carencias o los defectos no son simples huecos o vacíos o deseos insatisfechos... son también posibilidades de complementarse con otros, encajar y compartir. Tal vez esto sea lo que nos cuesta más aceptar: que los demás tienen lo que necesitamos o lo que nos podría ir bien. Y a menudo desearíamos que fuera únicamente de nuestra propiedad para tener asegurado nuestro bienestar.
Curiosamente tener conciencia de los propios límites y aceptar los propios defectos más que encerrarnos o aislarnos nos libera del miedo y de la necesidad de dominarlo todo y nos permite convivir en paz. Una vida en común auténtica sólo resulta posible cuando hay un reconocimiento benévolo y actualizado de las limitaciones de cada uno.
De igual manera un grupo, una comunidad, una iglesia que conoce sus limitaciones y sabe encajar sus fracasos es más capaz de aceptar los de fuera, las demás comunidades y personas con sus diferencias y singularidades .
Más aún, sólo una persona o una comunidad que se sabe limitada y con defectos puede tener algo que decir o esperar de Dios. Quién lo sabe todo, lo tiene todo y lo controla todo no tiene interés alguno por nadie, y menos por Dios, ni espera nada de Él, ni se entretiene en descubrir qué dice.
Sin carencias, sin dificultades, sin misterio no hay ni deseo ni investigación. Nadie mira más allá de lo que puede ver y tocar si no hecha nada en falta. Es mejor signo del Dios de Jesús un rompecabezas incompleto que una figura hecha y acabada.

lunes, 25 de noviembre de 2013

¿De quién es esta ropa?

Hay días que se acumula un montón de ropa limpia lista para guardar sobre la mesa del comedor: camisetas, pantalones, sudaderas, bragas, calcetines... No siempre es fácil reconocer de quién es cada prenda y los calcetines, o alguna camiseta, a veces cambian de propietario por un tiempo. Alguien se queja: ¡Esto no me cabe! Otros ni se dan cuenta.
Rezar con los salmos o con otras oraciones bíblicas es como ponerse una ropa antigua que en su momento se hizo a medida para alguien. Con este traje puesto es imposible permanecer indiferente: o bien te sientes extraño como si te apretara o su tacto te irrita la piel, o puedes experimentar con sorpresa que parece hecho expresamente para ti.
Cuando lees Dios mío Tú eres mi Dios... o cuando repites Padre nuestro... tus sentimientos se visten con las palabras de otros y de golpe te encuentras diciendo cosas que no habrías sabido decir per ti mismo. Rezar siguiendo la voz de otras personas es una forma de aprender a orar. Las palabras te llevan a lugares o situaciones en las que si por ti fuera no habrías ido a parar nunca. Te ayudan a expresar tu mundo interior y al mismo tiempo te dirigen en una dirección en la que es posible encontrar a Dios.
Las palabras no son sólo palabras, son los vestidos con los que se presentan las sensaciones, los recuerdos o los deseos y, en el momento adecuado, tienen la capacidad de darles forma y presencia: son un vestido de fiesta, o uno de luto, o ropa de abrigo... en un momento de alegría, de pena o de soledad. Las palabras no sólo dicen sino que hacen: interpretan la experiencia y le dan un cierto sentido.
Mientras repites alguna de estas oraciones también te das cuenta de que aunque los sentimientos que experimentas sean profundamente tuyos y únicos... son a la vez compartidos por quienes los han rezado antes que tú. Notas entonces como tu perspectiva sobre la vida se ensancha y adivinas que muchas personas podrían entender perfectamente lo que estás viviendo y que podría existir realmente una simpatía o una complicidad universal.
Repetir las palabras de un peregrino cansado o las de un grupo que acaba de recuperar la libertad pero, sobre todo, las de Jesús te permite meterte en su piel y acercarte a los rincones más profundos de su ser. Y así, lentamente, son las palabras de Jesús las que van dando forma a tu experiencia. Lentamente te van acercando a su forma de ser. Lentamente, si te dejas, las palabras te van haciendo cada vez más a su imagen y vas convirtiéndose en una nueva creación... no ya por decisión de otro sino con tu consentimiento y tu búsqueda.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Pere

En julio pasado murió Pere, religioso claretiano, que se dedicó durante muchos años al trabajo con jóvenes. Fue responsable los años setenta y ochenta del movimiento Hora-3.
No estuvo solo, fueron sus compañeros de comunidad, otros religiosos y religiosas, jóvenes y no tan jóvenes, sacerdotes diocesanos los que todos juntos hicieron posible este proyecto en unos años que destacaron también otras propuestas similares crecidas al calor de la renovación conciliar y del ambiente ilusionado de la transición.
Hoy la situación es bastante diferente y algunas fórmulas de éxito de aquellos tiempos han quedado obsoletas pero quedan de este proyecto algunos elementos de futuro. Haciendo balance del trabajo realizado aquellos años para mí resulta fundamental la opción de dar prioridad a la experiencia por encima de la catequesis o la teología: experiencia de hacer proceso personal, de vida de grupo, de oración y celebración, de encuentro con gente diversa, de servicio solidario...
Dar valor a la experiencia sitúa a la persona como protagonista y desde este camino personal vivido con atención todo lo que se hace o se descubre va tomando sentido. Muchas personas descubrimos con la Hora-3 una forma de vivir trabajando para dar respuesta día a día a lo que la vida nos plantea, maduramos una fe luchada y contrastada, adquirimos un sentido de compromiso con las personas, tú a tú...
Formar personas que se sienten protagonistas de su historia tiene también sus riesgos: una vez has descubierto hasta dónde puedes llegar no es fácil encajar en instituciones que dan prioridad a su funcionamiento regular por delante de las personas. No hablo sólo de la institución eclesial, sino también de empresas, de servicios de la administración o de asociaciones que tienen más o menos el mismo estilo.
Creo que el trabajo de Pere no fue sólo una propuesta para jóvenes, creo que lo que vivimos vale para todas las edades y para todas las épocas, que la radicalidad de los jóvenes -a menudo idealizada- retrata muy bien la radicalidad del Evangelio: son primero las personas que las leyes o las instituciones.
Cualquier propuesta de evangelización o de renovación eclesial, cualquier proyecto educativo o de solidaridad... que tome como inspiración el evangelio necesita partir de este misma base: el protagonismo de las personas, ayudar a descubrir dentro de cada uno la llamada a ser uno mismo y al mismo tiempo despertar el deseo de hacer camino paso a paso con los otros... Es en esta experiencia que resuena la voz de Jesús que invita a ir siempre más a fondo, siempre más allá.

domingo, 27 de octubre de 2013

Vida de pareja

El verano es una buena época para estar juntos la pareja. A menudo te das cuenta de ello cuando comienza el curso y tienes que hacer mil equilibrios para que todo funcione en la familia. Entonces no es nada fácil encontrar un rato para hablar o tranquilidad para hacer el amor.
Hemos decidido hacer camino los dos juntos y el sexo es una buena ocasión para poner a prueba nuestra habilidad para coincidir, compartir y estar pendientes el uno del otro. El sexo hace que nos centremos en nosotros i en nuestra relación i deja en suspenso por un rato todo lo demás.
La vida de pareja es una mezcla de confrontación para afianzar la posición de cada uno y al mismo tiempo de generosidad y sentido de servicio, de alegría por tantas cosas que compartimos y de frustración por tantas otras situaciones que nos superan, de ternura que nos hace más arriesgados y de miedos que nos frenan, de ilusión renovada y de cansancio largamente acumulado sobre algunas cuestiones. Las experiencias importantes son de este tipo: pueden hacernos increíblemente felices como desgraciados y resulta difícil separar unos aspectos de los otros.
Tampoco resulta nada fácil distinguir en las experiencias religiosas más profundas qué parte hay de autocomplacencia y qué parte de descubrimiento del misterio de Dios, qué parte hay de encerramiento intimista y qué parte de apertura a nuevos horizontes, qué parte hay ha de estímulo que hace crecer y qué parte es sólo una forma de consuelo infantil.
En la experiencia religiosa auténtica, como en el sexo, hay una lucha por llegar al encuentro del otro. Aunque es un reto que no se puede completar nunca totalmente porque el otro siempre queda en buena parte fuera de nuestro alcance. Luchar es confiar en que no dejaremos nunca de encontrar pistas para continuar buscándolo.
Sin esta lucha diaria por el otro -una lucha cargada de dificultades y malentendidos, de deseos y decepciones pero también de alegrías y felicidad- el conocimiento del otro nunca pasaría de lo superficial. Hay que luchar contra todo aquello que ya damos por sabido, hay que luchar contra la idea de que los problemas se resuelven por si solos y hay que luchar, por encima de todo, contra la necesidad de controlarlo todo... el otro, si es de verdad él mismo, siempre será distinto de nosotros.
El sexo es un estímulo y una oportunidad para construir i rehacer nuestra relación: sólo es posible con la complicidad de ambos. Poder cuidar con dedicación y serenidad de los momentos de encuentro tú a tú i aceptar que parte del éxito esté en manos de otro, nos acerca realmente a nuestro objetivo, ya sea la pareja, ya sea Dios.

viernes, 18 de octubre de 2013

Sobremesa

Ayer al final de la cena nos entretuvimos charlando. Por la noche no siempre coincidimos toda la familia en casa y tampoco es fácil que los temas de conversación interesen a todos. Aunque hay días que se crea un ambiente especial y nadie tiene prisa por marcharse.
Y es que algunas situaciones hacen realidad de la mejor manera posible lo que uno desea: poder participar los cinco con interés de una misma conversación en un clima de paz y confianza.
También el Espíritu -que es deseo de más y más vida- no se expresa con igual fuerza en cualquier situación. Hay momentos privilegiados. Para los cristianos, por ejemplo, la vida de Jesús expresa mejor que ningún otro hecho lo que puede dar de sí el Espíritu. Jesús es un caso singular de vivencia profunda de este Espíritu de ternura, de solidaridad, de búsqueda, de defensa de la justicia... Él como nadie nunca lo ha hecho ha vivido dejándose llevar por la inspiración y el deseo de Dios.
La vida de Jesús pues ha dado forma concreta a un deseo profundo compartido por muchos. Y por eso muchas personas han encontrado y encuentran en su vida un estímulo y un referente para vivir de acuerdo con el Espíritu.
Este Espíritu, como todos los deseos, cuando no llega a encontrar alguna vía de realización se convierte en un impulso molesto que sólo produce inquietud y desesperanza y, a la larga, una sensación de cansancio de la misma vida. En cambio acertar con una fórmula que permita hacerlo trabajar nos llena de felicidad y esto renueva y alimenta nuestras fuerzas.
Grupos religiosos, proyectos, celebraciones, conversaciones de sobremesa... pueden ser una manera de dar forma a nuestros sueños. Pero cualquier actividad o propuesta que sea incapaz de hacerse eco de algún tipo de esperanza o de inspirar algún deseo constructivo: de profundización, de plegaria, de fiesta, de cambio, de justicia... es una propuesta vacía, una acción sin sentido, una pérdida de tiempo y un motivo de cansancio. En estos casos la presencia del Espíritu tiende a cero.