sábado, 23 de mayo de 2015

El coche amarillo

Se celebra la jornada de puertas abiertas en la escuela, mientras los maestros hablan con los padres, los niños y las niñas se entretienen con los juguetes de los diversos rincones: cocinas, coches, juegos de construcción... Durante un buen rato un coche amarillo ha estado sobre una mesa olvidado de todo el mundo. Una niña coge el coche y empienza a jugar, inmediatamente otra se le acerca y le tiende la mano: "Lo quiero yo."
Muchas veces no damos importancia a algo hasta que descubrimos que tiene valor para alguien. Tampoco las grandes palabras: la solidaridad, la empatía, la justicia, la paz, la fe... no tienen ningún valor si no son importantes para alguien: nos atrae la solidaridad de tal ONG o de tal persona, nos seduce la fe de aquella tradición, nos admira el sentido de la justicia de tal decisión o nos indigna la falta de equidad de tal sentencia.
La fe cristiana tampoco tendría sentido alguno sin Jesús, un Jesús encarnado y contextualizado, con gestos y actitudes concretas. Ni se habría mantenido viva sin personas de diversas épocas que han retomado y profundizado esta experiencia. Es la sabiduría práctica, la forma de vivir, la espiritualidad concreta la que da fuerza y consistencia a una fe.
La experiencia religiosa es más importante que las ideas, las normas o los textos que tratan de delimitar en qué consiste esta experiencia. Demasiado a menudo se confunden las explicaciones y las precisiones técnicas con la fe. Y es que manejar ideas es bastante más fácil que seguir de cerca los giros sorprendentes que da la vida.
No se puede pues ni educar, ni despertar la fe al margen de la experiencia creyente. Por ello resulta imposible separar la Iglesia y sus miembros del mensaje de Jesús. Porque, en realidad, el mensaje no es lo que se dice o se enseña sino lo que se vive y el ambiente que se respira. Del mismo modo que hay vidas y entornos que dan valor a la fe y refuerzan su sentido, hay situaciones y experiencias que pueden oscurecerla completamente.
En cualquier caso cada uno debe decidir en qué experiencia se quiere fijar y así fácilmente encontrará argumentos bien para criticar la fe, bien para elogiarla. También deberá valorar si le basta con las noticias que aparecen en los medios de comunicación o con el discurso oficial de la Iglesia, o bien tiene que buscar más a fondo. Está claro que hay experiencias actuales que permiten descubrir toda la profundidad que puede tener la fe: comunidades, grupos, congregaciones, proyectos solidarios y también la vida de algunas parroquias afortunadas.
Sólo acercándonos a estas personas y experiencias es posible que se despierte alguno de nuestros intereses y lleguemos a decir "yo también quiero".

sábado, 11 de abril de 2015

Legañas y rasguños

De pequeños mi madre nos decía a veces: “Ven, ¿qué tienes ahí?” Se humedecía un dedo con la punta de la lengua y nos sacaba una legaña pegada al borde del ojo. En otras ocasiones la saliva servía para limpiar un rasguño en la piel.
Jesús cura a un ciego escupiendo y frotándole los ojos con saliva... No es un gesto muy sofisticado, pero tampoco es repulsivo, sobre todo si lo entendemos como una intervención maternal.
Todavía hay personas que consideran a Jesús como un simple transmisor de ideas. Pero es imposible comprender quién es sin fijarse en su sensibilidad, su compasión, su ternura, su proximidad maternal... Estos sentimientos que Jesús muestra a menudo, también el dolor o la alegría, comunican mucho más el amor de Dios que sus palabras.
Tampoco nuestra fe puede entenderse al margen de los sentimientos. Ni las nociones bien definidas de la teología, ni las normas morales o las infinitas aclaraciones de la liturgia pueden despertar la fe. Las mejores ideas no son más, ni menos, que buenos acompañantes de la experiencia de fe que nace del corazón.
Desgraciadamente hay una fijación racionalista en el cristianismo católico que se niega a reconocer el papel central de los sentimientos en la vida del creyente. Está claro que la fe no se puede reducir a una emoción momentánea. La cuestión es reconocer la importancia de los deseos y las aspiraciones humanas en los que se arraiga la fe y aceptar que la vida personal no se mueve por razones sino por profundos sentimientos y convicciones. Al final, negar o perseguir los sentimientos se convierte en una fuente de malestar y de desequilibrio personal.
En los evangelios vemos cómo Jesús se emociona y expresa su estado de ánimo sin avergonzarse: llora, da gracias, se desespera, duda... Y por eso mismo, porque sabe vivir cada situación y sabe gestionar sus emociones puede entender el mundo interior de los demás y acompañarles en su camino personal: “¿Qué queréis?” “¿Por qué lloráis?” “¿Qué discutíais?” "No temáis.” Jesús acoge a todo el mundo, se hace cercano, cómplice, entiende los problemas de la gente y las situaciones por las que pasan por que se acepta y se conoce a sí mismo... nada humano le queda lejos.
Los sentimientos y las emociones son la principal manifestación de por dónde va nuestra vida, de por dónde va nuestra fe. No sería posible cuidar de la vida, ni atender el día a día de nuestra fe, sin acoger y atender a nuestros estados de ánimo. Quien no se conoce, no se escucha, no sopesa el valor real de cada emoción, ni busca la forma de gestionar lo que siente insistiendo o rectificando... nunca sabrá dónde está, ni de dónde viene ni hacia dónde va. Tampoco podrá entender a los que tiene al lado ni captar pista alguna de lo que Dios le está diciendo. ¿Cómo podría pretender, entonces, sacar la paja del ojo de otro si él mismo está ciego?

jueves, 12 de marzo de 2015

Fragmentos de cerámica

En el museo de las termas romanas de Badalona hay algunas piezas de cerámica ibérica. Las encontraron hechas pedazos al excavar en un yacimiento cercano y un equipo de arqueólogos las reconstruyó. Había fragmentos en muy buen estado que todavía conservaban el dibujo original, otros en cambio lo habían perdido y algunos agujeros se tuvieron que rellenar con yeso.
A menudo encontrar el equilibrio personal se parece bastante a la reconstrucción de una vasija de barro. Con paciencia hay que ir encontrando cuál es el lugar que corresponde a cada fragmento, a cada deseo, a cada emoción, a cada idea... en beneficio del conjunto.
Durante mucho tiempo la pedagogía oficial de la Iglesia se ha limitado a identificar, denunciar y prohibir los pecados como si con eso ya quedara todo resuelto. Pero los deseos, los sentimientos y las ideas que nos pueden llevar a hacer el mal forman parte de nosotros, están profundamente entrelazados con otros deseos y sentimientos que nos animan a vivir y a amar. No se puede pretender suprimirlos sin más.
A medida que nos conocemos a fondo podemos identificar qué deseos, emociones y pensamientos vale la pena animar y de cuales conviene tomar distancia. Pero los impulsos problemáticos nunca desaparecerán del todo, sólo los podemos limitar y minimizar, con suerte, quedarán como dormidos.
Tenemos que conseguir ser nosotros mismos con todas las piezas, tanto las que conservan el dibujo original de su creador, como las feas o deformadas por el tiempo. Necesitamos, pues, aprender a convivir con el pecado y el mal. Cuando la persona no reconoce sus deseos o emociones perjudiciales y los niega o los esconde suelen convertirse en una fuente de malestar... aparte de hacer imposible gestionarlos.
Nosotros también contribuimos a hacer el mal, aunque no queramos. Conviene aceptarlo con humildad. En esto consiste llevar la propia cruz: hacernos cargo de nuestras carencias -aunque no seamos directamente culpables de ellas- y ahorrar a los demás una parte del dolor y el malestar que hay en nuestro entorno. Sin lugar a dudas, los mejores compañeros de camino son los que tienen bien asumidas sus propias limitaciones y no pretenden cargarlas a nadie.
En relación al pecado los primeros cristianos hablaban de reconciliación entre Dios y las personas, entre diversos grupos humanos y también, de alguna manera, de la persona consigo misma. Reconciliar habla de conseguir un todo donde no falta nada pero se trata de una totalidad donde cada parte, cada matiz, ha sido reconocida por las demás y ha quedado así integrada.
Al fin i al cabo sólo una vasija o una jarra de barro enteras son aptas para contener vinos, aceites, semillas o algún tesoro.

domingo, 1 de marzo de 2015

La guía de excursiones

Salí de excursión con mis hijos y mis sobrinos. Sobre el papel la ruta parecía muy evidente pero a partir de cierto punto no había un camino claro y atajamos en línea recta por la pendiente hasta encontrar un paso. Una vez arriba vimos que se podía llegar por tres caminos diferentes.
Las explicaciones, por detalladas que sean, sólo son una aproximación. El auténtico conocimiento lo da la experiencia. Demasiado a menudo en cuestiones de fe la gente se conforma con cuatro instrucciones aparentemente claras en vez de querer profundizar. También suele ser habitual que cuando las instrucciones fallan se abandone la fe... como si al estropearse la cerradura de la puerta de nuestra casa decidiéramos cambiar de domicilio.
Un cristianismo aceptado socialmente propició en el pasado una progresiva simplificación de la fe. Y hoy todavía no tenemos una conciencia clara de qué es importante y qué no en cuestiones de fe. Es necesario, pues, ir a las raíces y recuperar la experiencia de fe con toda su profundidad, sin preocuparnos por cómo nos organizamos o qué se debe celebrar tal día. Y para ello habrá que aprender de nuestra historia, de la historia concreta de las personas que han vivido la fe, de los miles de santos anónimos que han seguido a Jesús.
Observando las personas que a lo largo de los siglos han seguido las líneas de trabajo de Jesús se adivinan diversos núcleos de experiencia significativos. Un núcleo se encuentra en la lucha por la justicia, la denuncia de la marginación y el trabajo por la promoción humana, la construcción de la paz, el cuidado de la salud y la educación. Otro es la experiencia de vida en común, en grupos de reflexión o de oración, en pequeñas comunidades, en la vida parroquial, en comunidades religiosas y en monasterios, en movimientos y asociaciones, en encuentros y celebraciones. Un tercer camino es la búsqueda de Dios desde el silencio, profundizando en uno mismo, con el estudio, la oración, la meditación...
No es posible encontrar ni seguir a Jesús en abstracto. Él se encuentra siempre encarnado en contextos y experiencias concretas. O bien encuentro a Jesús en mí, o bien lo encuentro en la comunidad o bien lo encuentro en los pobres de nuestro mundo. Sin rehacer la experiencia de Jesús no es posible conocerle, ni entenderle, ni seguirle.
Fuera de estos núcleos de experiencia no hay fe cristiana posible, ni tampoco auténtica Iglesia. Las diversas líneas de trabajo son, en realidad, una red de caminos que están interconectados y unos llevan a otros y, al final, todos llegan a Jesús. En cualquier caso sin pisar ningún camino, ni perderse ni sufrir algún rasguño es imposible encontrarlo.

martes, 17 de febrero de 2015

El molde

A mi hija mayor le han regalado un molde de silicona para hacer pasteles. Tiene unas letras grabadas en el fondo que dicen cookie que quedan reproducidas en relieve en la parte superior del pastel una vez desmoldado.
Las palabras también son una especie de molde que da forma a la experiencia: identificamos que es una sombra que se mueve a lo lejos diciendo que se trata de un rebeco, o aclaramos que no hay peligro cuando decimos que el agua es poco profunda... Las palabras ponen en relación experiencias nuevas con otras ya conocidas y les dan un significado.
Las oraciones que recitamos funcionan igual, son una manera de dar forma a la experiencia religiosa. Rezar es una de las formas más simples de oración: pide poco esfuerzo, ayuda a fijar la atención y poco a poco va despertando nuestros sentimientos. De entrada puede parecer un tipo de oración pobre o, tal vez, vacío pero con el tiempo y de forma imperceptible las palabras se van llenando de vida. Por eso no es indiferente el molde que utilizamos para rezar. Lo que decimos llama o convoca a una cierta experiencia.
A mí, por ejemplo, se me hace raro hablar de vos. Hace mucho tiempo que no oigo expresiones como estas que ya eran raras cuando yo era pequeño. En cambio, la palabra que Jesús elige para dirigirse a Dios es Abba, papá, es la expresión familiar que usaría un niño. Cuesta entender que la versión catalana del Padrenuestro mantenga este trato de vos cuando se dirige a Dios.
Es muy diferente decir: Padre nuestro que estáis en el cielo... (en segunda persona del plural) que decir: Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Nuestro pan de cada día danos hoy; perdona nuestras ofensas, que nosotros perdonamos a los que nos han ofendido; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal.
Las palabras, no las grandes palabras que aparecen en los documentos oficiales ni los tecnicismos de las aulas de teología, sino las que repetimos cada día configuran nuestra experiencia de Dios. La oración dirigida a un Tú expresa y da consistencia a los sentimientos de confianza, de proximidad, de aprecio... Y abre el camino para hablar tú a tú con Él.
Es un rasgo distintivo de Jesús: nada de palabras altisonantes, ni celebraciones solemnes, nada de templos pomposos, ni de intermediarios que gesticulan ante la multitud... Hay que saber orar en un rincón escondido y dirigirse tú a tú al Dios que nos acompaña a todas partes. Sólo hablando a Dios de Tú es posible rehacer la experiencia de Jesús que se reconoce como Hijo... Él, su vida y sus palabras, son el molde que nos permite llegar a vivir también como hijos.

sábado, 31 de mayo de 2014

¿De dónde lo ha sacado?

En el metro viajaba un niño pequeño con su madre y sus abuelos. “Esta estación es Bac de Roda”, dijo el niño. Su madre se quedo mirando a los abuelos con cara de extrañeza y les dijo: “No sé de dónde lo ha sacado.”
De pequeños aprendemos muchas cosas sin que nadie se ocupe de enseñárnoslas. Apenas adivinamos que una información puede tener algún valor intentamos aprovecharla de inmediato. Igualmente cuando nos hacemos mayores sólo aprendemos lo que nos interesa independientemente de lo que nos pretendan enseñar.
El interés por llamar la atención, por ser uno más y no quedarnos atrás despierta nuestra atención. De este deseo de no alejarnos de los demás y de crecer nace nuestra primera sabiduría.
Desear nos hace sabios. Buscando lo que queremos escuchamos, observamos, revolvemos, elegimos, probamos, insistimos... y aprendemos. La sabiduría no son ideas sino hallazgos sobre quiénes somos, qué tenemos que hacer, con quién queremos estar, qué vale la pena, y también alguna decepción. Aunque es imposible dar pasos adelante sin perseguir algún deseo.
Los deseos son el motor de nuestra vida. Es cierto que a veces pueden resultar problemáticos y causarnos dolor o alterarnos hasta el punto de reaccionar con violencia. Pero son también la fuerza que nos mueve a querer, a actuar solidariamente, a construir la paz...
El deseo nos empuja sin pedirnos permiso, no conocemos su origen y, más allá de cada objetivo concreto, no podemos adivinar su propósito final... Se parece mucho a lo que Jesús explica del Espíritu: notamos su fuerza pero no sabemos ni de dónde viene ni hacia dónde va.
Sea como sea esta energía persistente, que nos da fuerza más allá de nuestras fuerzas, es un regalo que se nos hace y que hay que saber acoger. Finalmente el deseo resulta decisivo para llegar a ser nosotros mismos y saber si la estación en la que nos hemos apeado del tren es realmente el lugar donde queríamos ir y nos satisface, o no es así y hay que ponerse en camino otra vez.

miércoles, 23 de abril de 2014

Error

Los ordenadores de hace unos años no tenían un funcionamiento muy estable. Dabas una instrucción equivocada y ya no podían seguir trabajando. "Se ha producido un error fatal y el ordenador se apagará". En un momento podías perder todo el trabajo que habías hecho.
Las personas no funcionamos así. Equivocarse no suele ser el final de todo aunque pueda parecerlo. Los errores son, muchas veces, un paso más: nos ayudan a avanzar, a tomar conciencia de nuevos problemas, a profundizar, a rectificar... Nunca se pierde nada completamente, todas las experiencias cuentan en nuestra vida, tanto para bien como para mal. Necesitamos saber encajarlas y sacarles algún provecho.
Jesús se encuentra con personas que han equivocado su camino pero no las regaña, ni les da lecciones... espera que ellas mismas saquen las conclusiones pertinentes y las anima a ponerse en marcha otra vez. Con su silencio cálido les descubre que Dios es una puerta siempre abierta, un horizonte esperanzado.
Con demasiada frecuencia se piensa que la respuesta que espera Dios de nosotros es la perfección moral... Él es santo, Él es perfecto, nosotros no. Quererlo todo aquí y ahora es una ilusión infantil que impide nuestra maduración y nos llena de amargura.
El adulto en la fe es aquel que ha aprendido a caminar a pesar de las limitaciones y los fracasos, a desenvolverse con los recursos que Dios le ha dado y a buscar el bien en unas circunstancias en las que lo que se ha conseguido, personal o comunitariamente, no es nunca definitivo. Dios espera de nosotros que no dejamos de confiar, de luchar, de buscar, que no nos rindamos ni nos conformemos.
Sólo Dios es santo. "Santo" más que "perfecto" significa "separado", "diferente", que no es como nada de lo que conocemos. Aunque Jesús y la tradición bíblica nos ha enseñado que Dios comparte su santidad. Las personas podemos dejarnos seducir por Él y entonces nuestra perspectiva sobre nosotros y los demás cambia: ya no nos guiamos por lo que es habitual, conocido o esperable... nos guiamos por una esperanza fuera de lo común. Gracias a esta santidad cedida que nos separa de lo que es más corriente podemos hacer cosas excepcionales, sin ser perfectos.
Nada nos protegerá de cometer nuevos errores pero podemos confiar en que ningún error será fatal.