domingo, 27 de octubre de 2013

Vida de pareja

El verano es una buena época para estar juntos la pareja. A menudo te das cuenta de ello cuando comienza el curso y tienes que hacer mil equilibrios para que todo funcione en la familia. Entonces no es nada fácil encontrar un rato para hablar o tranquilidad para hacer el amor.
Hemos decidido hacer camino los dos juntos y el sexo es una buena ocasión para poner a prueba nuestra habilidad para coincidir, compartir y estar pendientes el uno del otro. El sexo hace que nos centremos en nosotros i en nuestra relación i deja en suspenso por un rato todo lo demás.
La vida de pareja es una mezcla de confrontación para afianzar la posición de cada uno y al mismo tiempo de generosidad y sentido de servicio, de alegría por tantas cosas que compartimos y de frustración por tantas otras situaciones que nos superan, de ternura que nos hace más arriesgados y de miedos que nos frenan, de ilusión renovada y de cansancio largamente acumulado sobre algunas cuestiones. Las experiencias importantes son de este tipo: pueden hacernos increíblemente felices como desgraciados y resulta difícil separar unos aspectos de los otros.
Tampoco resulta nada fácil distinguir en las experiencias religiosas más profundas qué parte hay de autocomplacencia y qué parte de descubrimiento del misterio de Dios, qué parte hay de encerramiento intimista y qué parte de apertura a nuevos horizontes, qué parte hay ha de estímulo que hace crecer y qué parte es sólo una forma de consuelo infantil.
En la experiencia religiosa auténtica, como en el sexo, hay una lucha por llegar al encuentro del otro. Aunque es un reto que no se puede completar nunca totalmente porque el otro siempre queda en buena parte fuera de nuestro alcance. Luchar es confiar en que no dejaremos nunca de encontrar pistas para continuar buscándolo.
Sin esta lucha diaria por el otro -una lucha cargada de dificultades y malentendidos, de deseos y decepciones pero también de alegrías y felicidad- el conocimiento del otro nunca pasaría de lo superficial. Hay que luchar contra todo aquello que ya damos por sabido, hay que luchar contra la idea de que los problemas se resuelven por si solos y hay que luchar, por encima de todo, contra la necesidad de controlarlo todo... el otro, si es de verdad él mismo, siempre será distinto de nosotros.
El sexo es un estímulo y una oportunidad para construir i rehacer nuestra relación: sólo es posible con la complicidad de ambos. Poder cuidar con dedicación y serenidad de los momentos de encuentro tú a tú i aceptar que parte del éxito esté en manos de otro, nos acerca realmente a nuestro objetivo, ya sea la pareja, ya sea Dios.

viernes, 18 de octubre de 2013

Sobremesa

Ayer al final de la cena nos entretuvimos charlando. Por la noche no siempre coincidimos toda la familia en casa y tampoco es fácil que los temas de conversación interesen a todos. Aunque hay días que se crea un ambiente especial y nadie tiene prisa por marcharse.
Y es que algunas situaciones hacen realidad de la mejor manera posible lo que uno desea: poder participar los cinco con interés de una misma conversación en un clima de paz y confianza.
También el Espíritu -que es deseo de más y más vida- no se expresa con igual fuerza en cualquier situación. Hay momentos privilegiados. Para los cristianos, por ejemplo, la vida de Jesús expresa mejor que ningún otro hecho lo que puede dar de sí el Espíritu. Jesús es un caso singular de vivencia profunda de este Espíritu de ternura, de solidaridad, de búsqueda, de defensa de la justicia... Él como nadie nunca lo ha hecho ha vivido dejándose llevar por la inspiración y el deseo de Dios.
La vida de Jesús pues ha dado forma concreta a un deseo profundo compartido por muchos. Y por eso muchas personas han encontrado y encuentran en su vida un estímulo y un referente para vivir de acuerdo con el Espíritu.
Este Espíritu, como todos los deseos, cuando no llega a encontrar alguna vía de realización se convierte en un impulso molesto que sólo produce inquietud y desesperanza y, a la larga, una sensación de cansancio de la misma vida. En cambio acertar con una fórmula que permita hacerlo trabajar nos llena de felicidad y esto renueva y alimenta nuestras fuerzas.
Grupos religiosos, proyectos, celebraciones, conversaciones de sobremesa... pueden ser una manera de dar forma a nuestros sueños. Pero cualquier actividad o propuesta que sea incapaz de hacerse eco de algún tipo de esperanza o de inspirar algún deseo constructivo: de profundización, de plegaria, de fiesta, de cambio, de justicia... es una propuesta vacía, una acción sin sentido, una pérdida de tiempo y un motivo de cansancio. En estos casos la presencia del Espíritu tiende a cero.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Cantábamos todos a la vez

A finales de agosto hemos estado en Taizé. El ambiente, las personas que nos hemos encontrado, los ratos de oración... todo ha hecho que fuera una experiencia muy rica. Como en otras ocasiones me he sentido especialmente feliz cantando.
Cantar tanta gente, todos a la vez, es una sensación muy particular. Parece que cantes llevado por una ola que te arrastra suavemente. Aunque dudes o no entones bien o pronuncies mal algunas palabras la voz de toda la asamblea te empuja y te lleva justo allí donde querías llegar. Y todos, cantando juntos, orando juntos, buscando juntos hacemos, por unos instantes, la experiencia de estar realmente muy cerca los unos de los otros.
Lo sabemos los que escribimos: la letra es limitada, la música no tiene fronteras, no necesita traducción, puede ser compartida por todos inmediatamente. La música nos une.
Así también actúa el Espíritu que es más música que no letra. Porque aunque pueda inspirar muchas palabras, ante todo es aliento, respiración, deseo, inquietud... experiencias asequibles a todo el mundo venga de donde venga, piense como piense, haga lo que haga, crea o no crea.
El Espíritu es absolutamente de todos sin excepción: hombres y mujeres, sabios y sencillos, ricos y pobres, de cada persona y de todas las demás a la vez, de una comunidad concreta y también del resto de iglesias o de credos.
Acercarse a este latido primordial que resuena en todo lo que está vivo, que se adivina anterior a todo y que se mantiene activo a pesar de tantas limitaciones concretas, que despierta y mueve y anima la vida a ser siempre más viva... es el corazón, el núcleo, el fundamento de cualquier experiencia religiosa. Y, a la vez, es el deseo que late en el fondo de cada gesto de amor, de toda investigación seria y de cualquier proyecto realmente humanizador.
El Espíritu pues es uno pero despierta una variedad infinita de actividades y experiencias, el deseo es único pero toma diversidad de formas y mueve infinidad de personas y grupos. Es la vida misma que se despliega en mil matices diferentes, un impulso inicial que se esparce en todas direcciones.
Ninguna expresión no agota pues esta fuerza del Espíritu ni lo revela completamente, ninguna palabra no puede describirlo satisfactoriamente, ni ninguna experiencia contenerlo en exclusiva. Por este motivo ninguna investigación, ninguna voz, ninguna autoridad, ninguna religión puede decir que está inspirada por el Espíritu si no es capaz de tener en cuenta el resto de búsquedas, de voces, de autoridades y de religiones que también son inspiradas por Él.
El Espíritu es, en último término, fuerza y serenidad para hacer camino a pesar de todas las diferencias y los desajustes, a pesar de la falta de entendimiento y de los conflictos, y así pues es capacidad para disfrutar ya ahora de la proximidad de los demás en aquello en lo que coincidimos porque nos hemos liberado de la desconfianza y el miedo ante lo que nos hace diferentes... y podemos cantar a una sola voz.

martes, 10 de septiembre de 2013

¡Aquí hay fresas!

Cuando salimos de excursión por la montaña siempre hay alguien de la familia que observa con atención los márgenes del camino para ver si descubre fresas. Este verano hemos superado nuestro propio récord: hemos llenado dos fiambreras.
Aunque hay quien es más hábil que otros cuando se trata de buscar fresas escondidas bajo las hojas o entre las hierbas en algún momento todo el mundo se anima y es capaz de encontrar un buen puñado.
Espabilarse para ser el primero en descubrir detalles escondidos o difíciles de ver es una motivación que siempre funciona. Sí, competir es un gran estímulo para progresar, en todo caso hay que saber en qué lucha nos hemos metido.
Hay quien se especializa a encontrar defectos o problemas en todo por minúsculos que sean. No da nada por bueno de lo que se ha dicho o de lo que se ha hecho, lo pone en duda, lo cuestiona, lo investiga y lo repasa todo con atención. Es un camino de búsqueda estimulante pero también un juego peligroso cuando se traslada a las relaciones personales: esforzarse sólo en descubrir las debilidades o las limitaciones de los demás acaba por generar una desconfianza enfermiza que lo envenena todo.
Otro tipo de reto para mantener despierta la atención es saber detectar cuáles son las inquietudes de aquellos que tenemos cerca, más allá de lo que dicen o hacen. Los diversos matices que puede tener la voz, la luz o la oscuridad de una mirada, un gesto más rápido o más lento de lo habitual... nos descubre ilusiones y alegrías, dudas y luchas, nos descubre en definitiva a la persona real y viva, como nosotros mismos, y nos pone en situación de entendernos y compartir.
Quien ha aprendido a ver a las personas con toda la alegría y el dolor que llevan dentro, también sabe identificar los detalles de menor valor que a menudo se interponen en las relaciones entre personas y no tiene demasiadas dificultades para dejarlos de lado.
Una persona, también una religión o una filosofía, que sólo sepa descubrir pecados y problemas está prácticamente ciega. No llegará a ver algo hasta que no se dé cuenta de qué motivos tiene para confiar, de qué aciertos y qué alegrías, de qué luchas y pasos adelante puede compartir y saborear ahora y aquí. Es necesario un sentido crítico muy desarrollado para distinguir las fresas de las hojas pero todavía es más importante tener criterio para saber quedarse con las fresas y no atiborrarse de hojas.

lunes, 5 de agosto de 2013

Ir en bicicleta

Casi cada fin de semana salgo a dar un paseo en bicicleta por caminos y carreteras de los alrededores de Badalona. Con los años se ha convertido en un tiempo privilegiado para recuperar el tono después de una semana de trabajo.
Al principio el ritmo de los pedales me sirve para acompasar la respiración y recuperar el control sobre mí mismo. Tomar y soltar el aire es uno de los ritmos más básicos de nuestro organismo y serenarlo nos permite serenar el conjunto de nuestra vida.
Durante el tiempo que Jesús y sus discípulos recorrieron Galilea también se encontraron con semanas estresantes. En estos casos Jesús les propone de ir a un lugar despoblado y descansar. Cambiar de ambiente, romper el ritmo acelerado y caótico del día a día, es la manera de poder reanudar con sentido la tarea que se está haciendo.
Al cabo de un buen rato de pedalear empiezo a percibir mucho mejor todo lo que me rodea: me doy cuenta de los colores del paisaje, oigo sonidos que no oía y huelo perfumes (o malos olores) que hasta ahora no había captado. Poco a poco voy descubriendo nuevos detalles que me hablan de por dónde estoy pasando.
Gracias a los sentidos se recupera el presente, hasta ahora secuestrado por los deberes pendientes y las obligaciones. Y se puede dejar de dar vueltas a las cuestiones que nos preocupan y concentrarnos en aprovechar lo que estamos haciendo. Centrar la mirada en el presente permite darnos cuenta de qué estamos viviendo y vivirlo de verdad.
Jesús habla de saber percibir los signos de los tiempos, los acontecimientos que anuncian la cercanía de Dios y también de cuál es su voluntad. Es posible encontrar este tipo de signos en la vida de cada uno, en la vida de cada día, pistas que arrojan luz sobre el momento por el que estamos pasando yo y los que me rodean.
Luego sigo avanzando en silencio, mientras puedo, tratando de saborear la ruta y nada más. Algunas veces ante un paisaje o por alguna idea que me viene a la cabeza de repente o por el recuerdo de alguna persona encuentro algún motivo todavía para subir un tercer peldaño: dirigirse a Dios, para orar y dar gracias.
Respirar serenamente, abrir los sentidos al presente y mirar hacia Dios son los caminos que conozco que llevan a hacer oración. Probablemente esta ruta también se pueda hacer sin bicicleta pero no sin algún otro recurso que nos saque de las rutinas diarias y luego nos devuelva a ellas. No podemos cambiar determinados aspectos de nuestra vida sí podemos vivir mejor o peor la vida que se nos ha dado.

jueves, 18 de julio de 2013

Aprender a pintar

Una vez fui con mis alumnos a visitar el museo del Prado. En una de las salas donde están las pinturas de Goya había un pintor haciendo una copia de un cuadro. Nos acercamos y el pintor, dejando su trabajo y mirándonos fijamente, nos dijo: No estoy copiando, estoy aprendiendo a pintar.
Conseguir reproducir los efectos logrados por Goya, mezclando los colores una y otra vez, es una manera de reconstruir su proceso de trabajo y aprender a pintar como él. Seguir a Jesús no consiste en repetir sus palabras o imitar sus gestos sino en rehacer su experiencia personal.
Con demasiada frecuencia se ha insistido en la gran diferencia que hay entre Jesús y nosotros. Aunque la fe nos lleva a esta conclusión, es insuficiente para descubrir quién es Jesús realmente y seguirlo. Es necesario profundizar también en las coincidencias.
Si exageramos la distancia que nos separa corremos el peligro de convertir los gestos de Jesús en acciones mágicas fuera de nuestro alcance. Y eso si nos fijamos en los gestos que muchos se fijan sólo en los objetos, como el pan o el vino, en vez de darse cuenta de que el centro de todo es la acción de reunirse, partir y compartir.
Cuando Jesús toma el pan y dice haced esto no propone sólo partir el pan, habla de poner la vida al servicio de los demás como él ha hecho. Para rehacer, pues, la experiencia de Jesús nos hace falta partir de sus gestos tal como nos han llegado con todo el respeto pero no para encerrarlos en una vitrina o colgarlos en una sala de exposiciones, sino para retomarlos y que vayan transformando nuestra vida. De nada servirían si no aprendiésemos algo.
Los gestos de Jesús no nos dan ideas, ni son una lista de acciones a realizar, sugieren una forma de ser, un estilo de vida: acogedor, confiando más en el dar que en el recibir, solidario... I ponen al alcance de todo el mundo su forma de vivir. Porque partir y repartir son gestos que todo el mundo puede hacer, no son ninguna rareza, ni un trabajo de especialistas. Más aún, sin hacer esta experiencia no se puede entender a Jesús. Podemos mirar y admirar, escuchar y meditar pero hay cosas que sólo se entienden cuando se prueba a hacerlas: partir el pan en comunidad y compartirlo con los necesitados.
Igual que la mano del pintor deja trazos únicos sobre la tela que identifican su estilo y permiten reconocerlo mucho más aún que su propia firma... los gestos de Jesús identifican también su personalidad y cuál es el estilo de vida que hace posible construir el Reino. Para todo creyente retomar la actividad de Jesús es una forma privilegiada de encontrarle y seguirle.

lunes, 8 de julio de 2013

Agua viva

Incluso en medio de una gran ciudad como Barcelona, llena de construcciones y de redes de servicio, es posible encontrar corrientes naturales de agua. Durante muchos años mi escuela, que está en medio del ensanche, se ha servido del agua de un pozo situado bajo el gimnasio para abastecer todas sus instalaciones.
Pero todos los pozos, tanto si el agua nace de una corriente subterránea como si recogen el agua de la lluvia, sólo pueden ofrecer el agua que han recibido. También las personas sólo podemos dar lo que hemos recogido.
Una actuación ética y responsable no aparece de la nada, ni sin motivo, ni se mantiene a lo largo del tiempo sin unos recursos. El sentido de servicio, la solidaridad, la búsqueda de la justicia, el esfuerzo por una igualdad real... sólo se pueden sostener con una cierta riqueza y una cierta energía personales que hay que alimentar.
No basta, pues, con saber que no se debe hacer o con obedecer sino que hay que desear algo que valga la pena para actuar bien. Y no podemos conocer qué vale la pena sin vivirlo. La felicidad vivida, aunque sólo sea un atisbo de felicidad, nos descubre donde se encuentra el bien.
Sin una mínima experiencia de felicidad junto a los demás la persona no tiene nada que la mueva a ser altruista, ni generosa, ni servicial. El comportamiento ético nace de la felicidad -poca o mucha- compartida con los otros.
Evidentemente no siempre es fácil descubrir esta felicidad y también hay quien teniendola a su alcance la deja de lado para buscar otras felicidades.
Así actúa Jesús: antes de lanzar ninguna propuesta concreta sobre qué hacer, dedica tiempo a estar con las personas. Antes de proponer a los discípulos de llevar la propia cruz camina con ellos una larga temporada; antes de aceptar el retorno del dinero estafado por Zaqueo se sienta a la mesa con él. Asumir un compromiso serio requiere ante todo de un espacio donde se respire confianza.
Y una vez haya pasado el tiempo será necesario encontrar la manera de renovar esa confianza en las posibilidades de vivir bien junto a los demás. Aquellos que, a pesar de todas las dificultades y complicaciones, mantienen una actuación responsable han encontrado alguna fuente que los alimenta más allá de los resultados inmediatos, como quien ha encontrado agua fresca en medio de un desierto de cemento y asfalto, como quien ha descubierto y acogido el espíritu de fraternidad que brota dentro de los que siguen a Jesús.