martes, 10 de septiembre de 2013

¡Aquí hay fresas!

Cuando salimos de excursión por la montaña siempre hay alguien de la familia que observa con atención los márgenes del camino para ver si descubre fresas. Este verano hemos superado nuestro propio récord: hemos llenado dos fiambreras.
Aunque hay quien es más hábil que otros cuando se trata de buscar fresas escondidas bajo las hojas o entre las hierbas en algún momento todo el mundo se anima y es capaz de encontrar un buen puñado.
Espabilarse para ser el primero en descubrir detalles escondidos o difíciles de ver es una motivación que siempre funciona. Sí, competir es un gran estímulo para progresar, en todo caso hay que saber en qué lucha nos hemos metido.
Hay quien se especializa a encontrar defectos o problemas en todo por minúsculos que sean. No da nada por bueno de lo que se ha dicho o de lo que se ha hecho, lo pone en duda, lo cuestiona, lo investiga y lo repasa todo con atención. Es un camino de búsqueda estimulante pero también un juego peligroso cuando se traslada a las relaciones personales: esforzarse sólo en descubrir las debilidades o las limitaciones de los demás acaba por generar una desconfianza enfermiza que lo envenena todo.
Otro tipo de reto para mantener despierta la atención es saber detectar cuáles son las inquietudes de aquellos que tenemos cerca, más allá de lo que dicen o hacen. Los diversos matices que puede tener la voz, la luz o la oscuridad de una mirada, un gesto más rápido o más lento de lo habitual... nos descubre ilusiones y alegrías, dudas y luchas, nos descubre en definitiva a la persona real y viva, como nosotros mismos, y nos pone en situación de entendernos y compartir.
Quien ha aprendido a ver a las personas con toda la alegría y el dolor que llevan dentro, también sabe identificar los detalles de menor valor que a menudo se interponen en las relaciones entre personas y no tiene demasiadas dificultades para dejarlos de lado.
Una persona, también una religión o una filosofía, que sólo sepa descubrir pecados y problemas está prácticamente ciega. No llegará a ver algo hasta que no se dé cuenta de qué motivos tiene para confiar, de qué aciertos y qué alegrías, de qué luchas y pasos adelante puede compartir y saborear ahora y aquí. Es necesario un sentido crítico muy desarrollado para distinguir las fresas de las hojas pero todavía es más importante tener criterio para saber quedarse con las fresas y no atiborrarse de hojas.

lunes, 5 de agosto de 2013

Ir en bicicleta

Casi cada fin de semana salgo a dar un paseo en bicicleta por caminos y carreteras de los alrededores de Badalona. Con los años se ha convertido en un tiempo privilegiado para recuperar el tono después de una semana de trabajo.
Al principio el ritmo de los pedales me sirve para acompasar la respiración y recuperar el control sobre mí mismo. Tomar y soltar el aire es uno de los ritmos más básicos de nuestro organismo y serenarlo nos permite serenar el conjunto de nuestra vida.
Durante el tiempo que Jesús y sus discípulos recorrieron Galilea también se encontraron con semanas estresantes. En estos casos Jesús les propone de ir a un lugar despoblado y descansar. Cambiar de ambiente, romper el ritmo acelerado y caótico del día a día, es la manera de poder reanudar con sentido la tarea que se está haciendo.
Al cabo de un buen rato de pedalear empiezo a percibir mucho mejor todo lo que me rodea: me doy cuenta de los colores del paisaje, oigo sonidos que no oía y huelo perfumes (o malos olores) que hasta ahora no había captado. Poco a poco voy descubriendo nuevos detalles que me hablan de por dónde estoy pasando.
Gracias a los sentidos se recupera el presente, hasta ahora secuestrado por los deberes pendientes y las obligaciones. Y se puede dejar de dar vueltas a las cuestiones que nos preocupan y concentrarnos en aprovechar lo que estamos haciendo. Centrar la mirada en el presente permite darnos cuenta de qué estamos viviendo y vivirlo de verdad.
Jesús habla de saber percibir los signos de los tiempos, los acontecimientos que anuncian la cercanía de Dios y también de cuál es su voluntad. Es posible encontrar este tipo de signos en la vida de cada uno, en la vida de cada día, pistas que arrojan luz sobre el momento por el que estamos pasando yo y los que me rodean.
Luego sigo avanzando en silencio, mientras puedo, tratando de saborear la ruta y nada más. Algunas veces ante un paisaje o por alguna idea que me viene a la cabeza de repente o por el recuerdo de alguna persona encuentro algún motivo todavía para subir un tercer peldaño: dirigirse a Dios, para orar y dar gracias.
Respirar serenamente, abrir los sentidos al presente y mirar hacia Dios son los caminos que conozco que llevan a hacer oración. Probablemente esta ruta también se pueda hacer sin bicicleta pero no sin algún otro recurso que nos saque de las rutinas diarias y luego nos devuelva a ellas. No podemos cambiar determinados aspectos de nuestra vida sí podemos vivir mejor o peor la vida que se nos ha dado.

jueves, 18 de julio de 2013

Aprender a pintar

Una vez fui con mis alumnos a visitar el museo del Prado. En una de las salas donde están las pinturas de Goya había un pintor haciendo una copia de un cuadro. Nos acercamos y el pintor, dejando su trabajo y mirándonos fijamente, nos dijo: No estoy copiando, estoy aprendiendo a pintar.
Conseguir reproducir los efectos logrados por Goya, mezclando los colores una y otra vez, es una manera de reconstruir su proceso de trabajo y aprender a pintar como él. Seguir a Jesús no consiste en repetir sus palabras o imitar sus gestos sino en rehacer su experiencia personal.
Con demasiada frecuencia se ha insistido en la gran diferencia que hay entre Jesús y nosotros. Aunque la fe nos lleva a esta conclusión, es insuficiente para descubrir quién es Jesús realmente y seguirlo. Es necesario profundizar también en las coincidencias.
Si exageramos la distancia que nos separa corremos el peligro de convertir los gestos de Jesús en acciones mágicas fuera de nuestro alcance. Y eso si nos fijamos en los gestos que muchos se fijan sólo en los objetos, como el pan o el vino, en vez de darse cuenta de que el centro de todo es la acción de reunirse, partir y compartir.
Cuando Jesús toma el pan y dice haced esto no propone sólo partir el pan, habla de poner la vida al servicio de los demás como él ha hecho. Para rehacer, pues, la experiencia de Jesús nos hace falta partir de sus gestos tal como nos han llegado con todo el respeto pero no para encerrarlos en una vitrina o colgarlos en una sala de exposiciones, sino para retomarlos y que vayan transformando nuestra vida. De nada servirían si no aprendiésemos algo.
Los gestos de Jesús no nos dan ideas, ni son una lista de acciones a realizar, sugieren una forma de ser, un estilo de vida: acogedor, confiando más en el dar que en el recibir, solidario... I ponen al alcance de todo el mundo su forma de vivir. Porque partir y repartir son gestos que todo el mundo puede hacer, no son ninguna rareza, ni un trabajo de especialistas. Más aún, sin hacer esta experiencia no se puede entender a Jesús. Podemos mirar y admirar, escuchar y meditar pero hay cosas que sólo se entienden cuando se prueba a hacerlas: partir el pan en comunidad y compartirlo con los necesitados.
Igual que la mano del pintor deja trazos únicos sobre la tela que identifican su estilo y permiten reconocerlo mucho más aún que su propia firma... los gestos de Jesús identifican también su personalidad y cuál es el estilo de vida que hace posible construir el Reino. Para todo creyente retomar la actividad de Jesús es una forma privilegiada de encontrarle y seguirle.

lunes, 8 de julio de 2013

Agua viva

Incluso en medio de una gran ciudad como Barcelona, llena de construcciones y de redes de servicio, es posible encontrar corrientes naturales de agua. Durante muchos años mi escuela, que está en medio del ensanche, se ha servido del agua de un pozo situado bajo el gimnasio para abastecer todas sus instalaciones.
Pero todos los pozos, tanto si el agua nace de una corriente subterránea como si recogen el agua de la lluvia, sólo pueden ofrecer el agua que han recibido. También las personas sólo podemos dar lo que hemos recogido.
Una actuación ética y responsable no aparece de la nada, ni sin motivo, ni se mantiene a lo largo del tiempo sin unos recursos. El sentido de servicio, la solidaridad, la búsqueda de la justicia, el esfuerzo por una igualdad real... sólo se pueden sostener con una cierta riqueza y una cierta energía personales que hay que alimentar.
No basta, pues, con saber que no se debe hacer o con obedecer sino que hay que desear algo que valga la pena para actuar bien. Y no podemos conocer qué vale la pena sin vivirlo. La felicidad vivida, aunque sólo sea un atisbo de felicidad, nos descubre donde se encuentra el bien.
Sin una mínima experiencia de felicidad junto a los demás la persona no tiene nada que la mueva a ser altruista, ni generosa, ni servicial. El comportamiento ético nace de la felicidad -poca o mucha- compartida con los otros.
Evidentemente no siempre es fácil descubrir esta felicidad y también hay quien teniendola a su alcance la deja de lado para buscar otras felicidades.
Así actúa Jesús: antes de lanzar ninguna propuesta concreta sobre qué hacer, dedica tiempo a estar con las personas. Antes de proponer a los discípulos de llevar la propia cruz camina con ellos una larga temporada; antes de aceptar el retorno del dinero estafado por Zaqueo se sienta a la mesa con él. Asumir un compromiso serio requiere ante todo de un espacio donde se respire confianza.
Y una vez haya pasado el tiempo será necesario encontrar la manera de renovar esa confianza en las posibilidades de vivir bien junto a los demás. Aquellos que, a pesar de todas las dificultades y complicaciones, mantienen una actuación responsable han encontrado alguna fuente que los alimenta más allá de los resultados inmediatos, como quien ha encontrado agua fresca en medio de un desierto de cemento y asfalto, como quien ha descubierto y acogido el espíritu de fraternidad que brota dentro de los que siguen a Jesús.

viernes, 31 de mayo de 2013

Anillos de crecimiento

Paseando en bicicleta por la carretera de la Vallençana vi que habían cortado algunos pinos. Los troncos ya no estaban y sólo quedaban los tocones de los árboles. Se podían distinguir de forma clara los anillos de crecimiento: en el centro el primer año de vida y, después, el segundo, el tercero... abrazando a los anteriores.
Las personas crecemos como los árboles: nuestras experiencias no quedan guardadas en cajones separadas unas de otras sino que las nuevas rodean y se apropian de todas las anteriores. Las alegrías o las penas del pasado reciente tiñen nuestro estado de ánimo actual, y también las personas que hemos conocido y las experiencias vividas, todo lo que hemos aprendido y amado, incluso lo que hemos olvidado, permanece vivo en nuestro presente.
A veces, pero, hay situaciones o experiencias (un fracaso, el dolor, nuestros miedos, dificultades...) que nos encierran en un círculo del que parece imposible huir, como si el pasado se hubiera apropiado del presente.
Luchar contra el pasado no suele servir de nada, los hechos no se pueden cambiar. Pero sí que pueden adquirir nuevos significados. Una mala, experiencia sin dejar de serlo, admite más de una reacción por nuestra parte.
No se trata de intentar olvidarlo, ni de darle más protagonismo, tampoco de querernos justificar, más bien de hacerle sitio... sabiendo que forma y formará parte de nuestra historia. Es la dificultad de aceptar las experiencias i el quererlas cambiar, aquello que nos impide vivir experiencias nuevas. En cambio, aceptar el propio pasado es asumir los problemas pero, a su vez, también darnos la oportunidad de aprovechar lo que hemos aprendido y abrir-nos a nuevas perspectivas.
El evangelio nos presenta muy a menudo a Jesús acompañando personas en este proceso. No niega, ni huye, ni esconde, ni endulza la realidad, tampoco la exagera: hay marginados, leprosos, gente que llora, pecadores... Jesús no propone explicaciones, acoge, escucha, atiende, toca. Tampoco los pecados o faltas cometidas no son motivo para grandes discursos o reflexiones, sin alzar la voz o en silencio, simplemente se aceptan.
En la religión de Jesús lo más importante no es la condena, tampoco se trata de una euforia mística que olvida las propias limitaciones o los fracasos. Los problemas y las limitaciones están ahí y se aceptan, pero se trata de una aceptación esperanzada: ninguna situación se da definitivamente por cerrada.
Jesús abraza las situaciones más oscuras con su esperanza contagiosa. A fin de cuentas, tocar el cielo no es huir de la realidad, basta con llegar a salir del pequeño círculo asfixiante en el que nos hemos ido acomodando y volver a andar... también los nuevos anillos del pino empiezan abrazando a los anteriores para, después, crecer y superarlos.

sábado, 18 de mayo de 2013

El grifo

En casa el grifo de la cocina pierde agua. El tubo de salida no queda bien ajustado y la presión del agua hace que se salga por los lados. Este modelo ya no se fabrica y no se encuentran piezas de repuesto, habrá que buscar alguna solución.
Durante siglos parece que sólo se ha tenido confianza en un único canal para decidir qué hacer dentro de la comunidad cristiana. Todo debía circular por un único conducto: el clero. No resulta difícil ver que la vida de la comunidad es mucho más rica y variada y que, por suerte, de las personas más diversas nacen también iniciativas valiosas.
Esta visión restrictiva y, aún hoy, dominante sobre quién es autoridad en la Iglesia es la causa, entre otras, del alejamiento de muchos creyentes.
Al principio la autoridad estuvo relacionada con el hecho de haber conocido a Jesús: los que habían convivido con él se convirtieron en las personas de referencia dentro de las primeras comunidades. Igualmente más adelante aquellas personas que la comunidad sentía que habían retomado fielmente la experiencia de Jesús -por su radicalidad, por su testimonio hasta la muerte- se convirtieron también en un modelo a seguir.
La autoridad no es una posición o un cargo, es la capacidad de abrir caminos hasta Jesús y seguirle. La autoridad está unida a la sabiduría para encontrar cómo hacer presente aquí y ahora la voz y el gesto de Jesús. Y si la comunidad no vive pendiente de las necesidades de las personas, de actualizar la presencia de Jesús, la comunidad no vive.
Por eso, cuando se trata de decidir qué hacer, todas las voces dentro de la comunidad son, al menos potencialmente, la voz de Jesús y deben poder ser escuchadas. De hecho nadie por sí mismo no puede llegar a abarcar en toda su dimensión la riqueza de Jesús. El valor universal de la persona de Jesús radica en esto: que a pesar de ser el mismo siempre, en nuevos contextos y nuevas situaciones es capaz de despertar nuevas respuestas. En los grupos, en las comunidades y en general en la Iglesia ninguna voz única llega a representar de forma suficiente Jesús.
No se trata de plantear que el sacerdocio no sea la voz de Dios, sino que todos los demás miembros de la comunidad, presten el servicio que presten, también son igualmente voces autorizadas. No se entendería que hubiera servidores de primera y servidores de segunda. En todo caso hay quien sirve a la comunidad y quien sólo se sirve a él mismo. La autoridad, como ya se ha dicho, es la capacidad de aportar no la de retener y ser depósito, presa, tapón o grifo. Ningún otro signo nos permite finalmente discernir la auténtica autoridad de la falsa.

domingo, 5 de mayo de 2013

La habitación vacía

Este fin de semana hemos sacado los muebles de la habitación de Juan para pintar las paredes. La habitación vacía produce una sensación extraña: la voz resuena y parece más espaciosa. Pero una vez terminado el trabajo, con todos los muebles otra vez en su sitio, observando todo lo que ha cabido y el espacio que queda libre, todavía se ve más grande.
La auténtica dimensión de un espacio se descubre cuando intentamos llenarlo. La inmensidad del cielo se hace más evidente cuando está ocupado por grandes nubarrones o cuando en una noche clara lo descubrimos poblado de estrellas. También la inmensidad de Dios es una inmensidad llena.
No es suficiente para entender algo de Dios insistir en que Él está más allá de todo, que no se puede identificar con ninguna realidad concreta y que todo lo que podemos decir de Él es más inexacto que no acertado... Todo esto es importante pero no lo es todo.
Sí que de vez en cuando conviene vaciar el concepto que tenemos de Dios para evitar que se llene de falsas seguridades, pero Dios es también presencia y proximidad. Y antes de decir Dios no está aquí, hay que empezar por decir Dios puede estar aquí y aquí y aquí y aquí... Primero hay que acoger y confiar, la crítica -imprescindible- vendrá después.
Sentimientos, gestos, canciones, modas, lugares, tradiciones, errores... todo puede ser camino para encontrar a Dios. A través de la naturaleza, de hechos y de situaciones, pero sobre todo a través de personas y grupos, podemos descubrir su presencia.
Dios está infinitamente lejos, ninguna experiencia ni ningún concepto puede abarcarlo, es como el horizonte que siempre huye cuando nos acercamos a él. Pero al mismo tiempo este horizonte forma parte de nuestro paisaje cotidiano, está presente en toda nuestra vida y levantando la mirada hacia el horizonte nos ponemos en camino. El horizonte es lejano y presente al mismo tiempo, es ahora y aquí deseo de ensanchamiento y de crecimiento, es llamada a salir de las cuatro paredes con que querríamos protegernos. Dios interviene ampliando nuestras perspectivas, ensanchando nuestro mundo, renovando nuestra mirada.
El horizonte es un abrazo inmenso que lo suma, lo reúne, lo abarca todo: personas, animales, plantas y objetos sin dejar nada fuera. Desde la perspectiva de Dios todo cabe, creer en Él es mirar cada cosa y cada persona pensando también cabe.
Dios es una inmensidad llena, una grandeza capaz de integrarlo todo. Creer en Él es no tener miedo a integrar, a sumar, a acoger... que nada ni nadie estropee nuestra capacidad de abrazar.