domingo, 18 de noviembre de 2018

Superar las leyes

La Ley juzga los hechos y distingue con claridad qué está bien y qué mal. Es de una gran utilidad práctica pero es una simplificación engañosa que pierde de vista la persona. Las personas somos proceso, historia, evolución... Un mismo hecho en el contexto de un proceso personal puede ser bueno y en otra situación resultar perjudicial. Por ejemplo gritar e insultar en vez de pegar puede formar parte de un proceso de mejora, en cambio gritar y perder la paciencia sin motivo es una reacción criticable. Con las leyes podemos evaluar una acción pero cualquier idea que nos hagamos sobre la persona a partir de un solo hecho será siempre inadecuada.
Por otra parte la Ley suele destacar que no se debe hacer y con ello deja sin respuesta que si hay que hacer. Detectar los errores, las pifias o los pecados ayuda a crecer pero sólo hasta cierto punto. Sin una motivación que despierte nuestras energías raramente conseguimos corregir las cosas que no funcionan. Y, en cambio, hacer hincapié en el mal y el pecado suele tener un efecto no deseado que es convertirlos en los protagonistas de la vida personal. Uno solo mira lo que hay que evitar y vive pendiente de cualquier elemento sospechoso.
Fíjate en cuántas personas han terminado alejándose del cristianismo porque se ha ocupado sólo de prohibiciones y condenas y ha sido incapaz de transmitir ninguna propuesta inspiradora o iluminadora.
La Ley tiene una función pedagógica: enseña que hay comportamientos que están bien y otros que no. Es útil para recordar que hay límites y que lo que hacemos tiene consecuencias pero vivir es, a pesar de aceptar las limitaciones y los resultados de las propias acciones, esforzarse por ir más allá y buscar qué conviene hacer.
Cuando Jesús dice que hay un solo mandamiento que es amar, no refuerza o completa la Ley sino que la hace añicos. Amar es mucho, mucho más que seguir una ley y ningún código, ninguna normativa, puede desplegar una lista de obligaciones que lo regule. El amor supera cualquier obligación y lleva a las personas a actuar más allá de los mínimos de convivencia y de respeto. Amar es un reto permanente que invita a superar las regulaciones y las leyes.
Jesús contrapone las leyes, que obligan desde fuera, a los deseos que nacen del corazón y guían la actuación personal desde dentro. Atender las motivaciones profundas, gestionar sabiamente el dolor o la rabia, dar salida a las ilusiones, cuidar de nuestros vínculos y complicidades y, en general, ocuparse del mundo interior lleno de sentimientos y emociones, permite elegir y decidir qué conviene hacer. La persona está por encima de las normas, no para desobedecerlas, sino porque su actuación es la única capaz de llevar hasta el final las mejores intenciones de la legalidad: buscar el bien y superar el mal.
No busques a Dios, el de Jesús, en las leyes, las normas, las pautas, las tradiciones o las costumbres. En todo ello encontrarás algunas pistas para empezar pero Dios es mucho más. Toda la vida habla de Él, es fuerza, es impulso, es deseo de más: más justicia, más paz, más ternura, más solidaridad. ¿No sientes sus latidos dentro de ti?

domingo, 11 de noviembre de 2018

Liberar

Toda la vida del judío está regulada por la Ley de Moisés. Seguir los seiscientos trece mandamientos (quizás tú pensabas que eran diez) permite ajustar todas las acciones personales a la voluntad de Dios. Más aún, para todo lo que no está especificado en la escritura hay una amplia tradición de interpretaciones que los expertos han ido desarrollando a lo largo del tiempo y que resuelve todas las dificultades. En la Ley ya está dicho todo lo que hay que saber.
Jesús conoce la Ley y en bastantes casos la respeta pero actúa con mucha libertad frente algunas normas: no hace demasiado caso de las leyes sobre alimentos puros e impuros; relativiza la fiesta del sábado, que era un elemento distintivo del judaísmo; no respeta las normas que prohíben tocar a los enfermos o a los heridos; no está de acuerdo con las condenas por lapidación que se aplican en caso de adulterio pero sólo a las mujeres; discrepa de los impuestos del Templo de Jerusalén y del resto de la normativa que regula su funcionamiento.
Las costumbres que critica Jesús son discriminatorias: marginan a los enfermos, perjudican a las mujeres, son una pesada carga para los más pobres o alejan de Dios aquellos que no pueden satisfacer hasta los últimos detalles las exigencias de la tradición. Jesús reivindica que el bien de las personas está por encima de las leyes, las normas y las tradiciones, se indigna con las autoridades que mantienen esta situación y se enfrenta a ellas.
El sentido crítico, la denuncia y la protesta son también elementos importantes en la tradición judía. Los profetas son la voz crítica que se hace oír una y otra vez en momentos difíciles para defender la verdadera religión, la verdadera fidelidad a Dios y el verdadero pueblo escogido... Jesús forma parte de esta tradición, la de los profetas. Su perfil es muy diferente, por ejemplo, al del sacerdote que cuida del Temple o al del experto en leyes, a los que Jesús critica a menudo.
Jesús pone por delante de la obediencia a las leyes y tradiciones el respeto a lo que podríamos llamar los derechos básicos de la persona. Unos derechos que no serán formulados como tales hasta el siglo XVII... Se deben obedecer las leyes, religiosas en este caso, pero las leyes deben ser justas y deben garantizar el bien de las personas. Si generan desigualdades inaceptables o marginación o algún tipo de injusticia la persona queda liberada de la obediencia a la ley. El Dios de Jesús no está comprometido con las leyes injustas, nadie que crea en Él tampoco debería aceptarlas.
Podemos juzgar el valor de las leyes, de las organizaciones o de las creencias por sus resultados. ¿Defienden el bien común? ¿Protegen a los más débiles? ¿Reconocen la dignidad de todos? Ante la tradición recibida y las creencias aceptadas socialmente deberás tomar una decisión: das por buena una determinada ley y te haces responsable de su continuidad o trabajas para liberarte de ella.

viernes, 2 de noviembre de 2018

Abraza

Acoger y hacer tuya la vida que se te ha dado y la historia que te precede, encontrarte y reencontrarte contigo toda entera más allá de tu imagen, aceptar a los demás tal como son, sin prejuicios, asumir que hay dolor, dar por bueno que puede haber un Dios que no para de hacerte preguntas en vez de darte respuestas... son diversas maneras de reunir lo que estaba separado, de unir lo diverso, de rehacer lazos que se habían soltado o roto. Sí, tú formas parte de un todo inmenso pero no sin tu consentimiento, no sin algún esfuerzo para superar los obstáculos que te separan de él.
Descubrirte unida a ti, a los demás, a la vida, al mundo, a Dios... puedes vivirlo de maneras muy diversas pero en cualquier caso es una de las experiencias religiosas fundamentales, una de las cimas del recorrido personal de la gente de fe que también pasa por valles y hondonadas. El concepto religioso que lo expresa mejor es el de reconciliación, hacer las paces, reunirse, volverse a acercar.
El trabajo por la reconciliación es una de las claves que resume la vida de Jesús. Sus mensajes y acciones van en esta dirección: rehacer puentes, reabrir el camino, deshacer barreras, superar marginaciones, eliminar prejuicios religiosos. Ya ves que reconciliar es mucho más que el sacramento actual de la reconciliación. Es un estilo de vida, una línea de crecimiento personal, una manera de construir las relaciones personales y sociales, y de buscar la paz, de hacer justicia, de actuar sobre la naturaleza... un gesto que expresa perfectamente esta reconciliación es el abrazo, como aparece en la parábola del padre bueno.
Un hombre tenía dos hijos. El menor dijo al padre: Padre, dame la parte de la fortuna que me corresponde. Él les repartió los bienes. A los pocos días, el hijo menor reunió todo y emigró a un país lejano, donde derrochó su fortuna viviendo como un libertino. Cuando gastó todo, sobrevino una carestía grave en aquel país, y empezó a pasar necesidad. Entonces recapacitando pensó: A cuántos jornaleros de mi padre les sobra el pan mientras yo me muero de hambre. Me pondré en camino a casa de mi padre y le diré: Trátame como a uno de tus jornaleros. Y se puso en camino a casa de su padre. Estaba aún distante cuando su padre lo divisó y se enterneció. Corriendo, se le echó al cuello y le besó. El hijo le dijo: Padre, he pecado contra Dios y te he ofendido, ya no merezco llamarme hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus criados: Enseguida, traed el mejor vestido y vestidlo; ponedle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traed el ternero cebado y matadlo. Celebremos un banquete. Porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido, se había perdido y ha sido encontrado. Y empezaron la fiesta.
En una sociedad patriarcal que venera los ancianos... ¿Qué hace el cabeza de familia corriendo y echándose al cuello del hijo como hacen los niños pequeños con sus padres? Es una locura. La alegría supera la lógica de los reproches o de los ajustes de cuentas, y por supuesto, deja de lado cualquier norma o tradición sobre quién es el ofendido o quién tiene más derecho a estar enojado.
La reconciliación es una dinámica poderosa que lo cambia todo. Sin olvidar las heridas, que están presentes, consigue que ni el enojo, ni el rencor, ni la venganza tengan la última palabra. La reconciliación pone el objetivo en dar un paso adelante y no en buscar una compensación que muy a menudo es imposible de encontrar. Supera la situación de ruptura porque mira más allá y aprovecha la nueva oportunidad que se ha abierto.
Trabajar por la reconciliación es una forma de poner en valor la religión, es una muestra de la gran capacidad regeneradora de la fe, de la fuerza constructiva que las religiones pueden llegar a despertar en las personas y los grupos. No tengo claro si las personas somos buenas, pero sí sé que podemos hacer cosas buenas y aprovechar las oportunidades que la vida nos ofrece para volver a empezar es una de las más claras.

sábado, 27 de octubre de 2018

En desacuerdo con el dolor

Recibir, acoger, aceptar, integrar, asumir... no significa estar de acuerdo. Hay una situación en la que esta distinción resulta especialmente importante: el dolor. No aceptar el dolor es, a menudo, una manera de hacer más grande el sufrimiento. No tenemos otro remedio pues que asumir que el dolor forma parte de nuestra vida. Pero esto no quiere decir que sufrir sea bueno. Ciertamente el dolor puede hacernos madurar, ayudarnos a abrir los ojos, acercarnos a otras personas que también sufren pero no tiene ningún sentido buscarlo expresamente.
Asumir el dolor significa, en primer lugar, no esconderlo. No puedes ocultar a los niños la muerte de un abuelo, ni negar el dolor que sientes sin provocar, a la larga, un dolor aún mayor, un choque aún más duro con la realidad. Hay que darse tiempo para hacer el proceso de duelo, de aceptación de la fragilidad y de nuestras limitaciones, y cuando sea posible, de descubrimiento de aspectos positivos. Seguramente la prueba más dura para nuestra madurez como personas es esta: aprender a convivir con el dolor. Cuando antes te pongas a ello mejor.
El duelo pide silencio. O mejor dicho, seguir un proceso de aquietamiento. Es necesario silenciar las explicaciones, las justificaciones, los razonamientos y sobre todo dejar de preocuparse con quién tiene la culpa del dolor que sientes. En el dolor hay mucha violencia y mucho rabia escondidas, por nuestras ilusiones rotas, por la impotencia que sentimos ante el mal, por la pérdida de alguien que amamos, del que nos hemos alejado o que hemos perdido para siempre... El aquietamiento es necesario para no introducir más violencia.
Hay particularmente una manera de responder al dolor que, a pesar de esconder una buena dosis de agresividad, a menudo se ha considerado buena e incluso necesaria: buscar a los culpables. Pero esto no hace más que encender la ira contra ti o contra otra persona. Sí, tal vez haya algún culpable de tu mal pero saber quién es o hacérselo lo pagar no te va a servir para superar tu malestar. El silencio cura, ir a la caza y captura de culpables no.
Para dejar que las heridas se curen mínimamente, hay que dejar sin  argumentos al dolor tanto como sea posible y velar cuidadosamente para no contribuir a crear nuevo dolor. Reaccionar generando más sufrimiento es darle la razón al dolor y, es caer en una dinámica perversa, una repetición absurda, que hace imposible cualquier curación.
¿Quién pecó para que naciera ciego? preguntan los discípulos a Jesús. Es decir, además del mal que vemos, la ceguera, habrá más mal que no vemos: unos padres irresponsables, un Dios vengador que todo lo castiga... La respuesta de Jesús es que no hay pecado, que no hay culpables. Con esta respuesta ataca cualquier pretensión de justificar religiosamente el sufrimiento, de plantear que Dios ejerce violencia o la alimenta, o que alguien merezca pasárselo mal. Es una posición tan radical y seria que muchos cristianos aún hoy no han llegado a asimilarla. El mal existe, pero sería imperdonable contribuir de alguna manera a hacerlo más grande y no trabajar con todas nuestras fuerzas para paliarlo.
Culpabilizar alguien o ti misma es una forma de amplificar el dolor y de alimentar la rabia y la frustración. Es una reacción irracional y destructiva. De hecho es una responsabilidad mal entendida. No se trata ni de ignorar, ni de olvidar el dolor y sus causas, hay que conocerlas y combatirlas pero no por venganza, ni para dar salida a nuestra rabia. Sólo si hacemos callar las voces que ante la violencia piden más violencia podemos cuidar de la vida y no destruir la alegría y la bondad que la vida también contiene.

domingo, 21 de octubre de 2018

Misterio

En tiempos de Jesús todo lo que resultaba desconocido o era imposible de controlar -enfermedades, aguaceros, guerras- se consideraba que era cosa de Dios (o del demonio). Hoy la ciencia ha encontrado explicación para muchas de estas cuestiones que hasta hace poco eran un misterio y, por este motivo, mucha gente ha llegado a la conclusión de que Dios es inútil.
Con todo el respeto por la ciencia, hay que decir que existe un buen número de cuestiones importantes que no tienen una solución científica y que siguen, y seguirán, pendientes de respuesta. Se trata principalmente de preguntas personales o morales: ¿qué debo hacer con mi vida?, ¿porque amo tal persona y no tal otra?, ¿cómo es que este conflicto no se resuelve?, ¿porque soy así y no de otra manera?...
A pesar de los avances científicos siguen existiendo pues muchos misterios sin respuesta. Son temas pendientes que en un momento u otro te harán sentir incómoda. Pero pensar, como mucha gente del siglo I, que Dios es la solución de todo no es la idea de Jesús. De hecho, tal vez es una suerte que la creencia en un Dios mágico esté en crisis porque esto nos obliga a profundizar en cómo debemos tratar los misterios y considerar la posibilidad de que Dios hable a través del silencio o de la ausencia de respuestas.
Jesús critica a los predicadores que pretenden dar soluciones para tranquilizar a la gente: Os dirán el mesías está aquí o está allí. No les hagáis caso! No hay soluciones fáciles. También en un momento dado Jesús deja de hacer milagros y se retira con sus discípulos porque ve que la gente no está haciendo caso de su mensaje.
Así pues si tú has decidido creer en Dios y darle la oportunidad de existir, vigila no te hagas ilusiones pensando que Él responderá a todas tus preguntas. Aunque es molesto no entender algunas situaciones que son importantes para ti, piensa que quizá valoramos demasiado el hecho de entender y a menudo querer o contar con alguien es aceptarle sin entenderle del todo.
A algunas personas la presencia molesta de interrogantes les empuja a huir hacia delante en busca de alguna satisfacción que tape o ensordezca sus preocupaciones: una comida copiosa ayuda a superar cualquier disgusto, tener un buen sueldo tranquiliza, mandar sobre otras personas refuerza la autoestima, cumplir sus mandamientos nos asegura que Dios no se va a enfadar con nosotros… El Dios de Jesús se hace presente a través de los interrogantes que ponen en crisis nuestras seguridades.
Vivir es saber acoger las dudas y las molestias que dejan al descubierto las insuficiencias de nuestro mundo y no intentar esconderlas con falsas soluciones. Es un reto para cualquier persona responsable, sea creyente o no, asumir los interrogantes que le rodean y no darles la espalda.
El silencio de Dios ante estas situaciones que nos ponen en cuestión puede ser un grito sin palabras que te invita a no quedarte quieta y probar de dar algún tipo de respuesta. No se trata tanto de que lo entiendas o encuentres una buena explicación científica o teológica, sino que pruebes tú de hacer algo.

sábado, 13 de octubre de 2018

Raíces

Jesús era judío y es imposible entender su personalidad sin conocer la cultura y la religión en las que fue educado y sin identificar los principales rasgos de la época histórica en que vivió. Por ejemplo, sabía leer, como un buen grupo de sus contemporáneos. Entre nosotros, en cambio, el analfabetismo será bastante significativo hasta principios del siglo XX!
Creció en una cultura religiosa milenaria que había aprendido a seguir Dios por el desierto, que también tenía bastante claro todo lo que no era Dios, que le enseñó a orar y a buscar los deseos de este Dios, su voluntad, principalmente en cuanto a la justicia y el bien de todos. Aprendió también a luchar por defender su identidad religiosa ante las costumbres extranjeras o de los abusos de sus líderes. Igualmente ama y conoce bien su país, la tierra que pisa, los campos que florecen en primavera y los cuervos que se alimentan en ellos; y también las ciudades y pueblos donde tiene amigos a los que visitar.
Jesús no empieza de cero, tiene como base una cultura, unas costumbres, una sociedad, una religión y unos precedentes a los que seguir.
Sus discursos y parábolas están profundamente arraigados en los intereses y preocupaciones de su tiempo: la situación económica con préstamos, deudas e impuestos o el crecimiento de los productos de la huerta y los trabajadores que hacen la cosecha, o la construcción de casas y de pozos... Forma parte del grupo social de la gente humilde y eso también lo define: ¿y éste quién es? preguntan algunos.
Para seguir a Jesús hay que tener los pies en el suelo. Es imprescindible para entenderlo bien darse cuenta de su profundo arraigo cultural, histórico, social y geográfico. No es un extraño, ni una persona sin país, ni tradiciones, ni retos, ni proyectos políticos. Algunos creen que podría haber vivido al margen de todo esto y que si habló de temas significativos para la gente del siglo I sólo fue para hacerse entender. Jesús no es un fantasma que habla de parte de Dios. Es de carne y hueso: tiene hambre, tiene sed, se duerme, se enfada... como nosotros. Por eso tiene cosas que decir sobre nuestra hambre o nuestras preocupaciones. Su vida es real y esto significa concreta históricamente, socialmente, religiosamente.
La fe de verdad siempre se desarrolla en un ambiente concreto, es una experiencia arraigada en la vida real que madura gracias a las complicaciones que se encuentra. La fe no te separa del mundo sino que te mete más a fondo en él, te compromete, te ata estrechamente a la realidad. Por eso debes recordar que una fe que no te lleve nunca a situaciones de conflicto o que no te plantee dudas no es una fe auténtica. La fe se vive en el día a día, mezclada con mil situaciones y circunstancias, junto a personas que la aprecian y otras que la critican, pero, poco a poco, es capaz de transformar el entorno donde está arraigada porque lo ama.

martes, 2 de octubre de 2018

Los otros

Jesús se presenta en Cafarnaúm y en poco tiempo su fama se extiende por todas partes. Pero se trata de una fama ambigua. Las malas lenguas le acusan de ir acompañado de pecadores y de mujeres de mala reputación, de hablar con extranjeros, de prestar atención a personas que la sociedad rechaza, de tocar enfermos y cadáveres, lo que le hace impuro, de tener unos discípulos poco escrupulosos con la Ley... su familia considera que no está bien de la cabeza y las autoridades lo miran con recelo. No parece nada recomendable ir con Él.
El primer movimiento de Jesús siempre es de acercamiento, de confianza, de aceptación de todos, de acogida... No pone barreras ni condiciones en sus encuentros con la gente. También se sienta a la mesa con escribas que lo quieren conocer. Esta dinámica la mantuvieron las primeras comunidades cristianas que integraban todo tipo de personas y que se abrieron con relativa facilidad a los no judíos.
Y tú, ¿cómo lo ves? ¿Te imaginas tu casa llena de refugiados o de enfermos? ¿O deteniéndote por la calle para hablar con todos los que te encuentras: un abuelo solitario, un sintecho, un inmigrante que ha recibido una carta del juzgado y no sabe qué hacer, un mendigo, un vendedor ambulante? Prueba de hacerlo alguna vez, es una buena manera de entender Jesús y de descubrir quiénes son los otros.
La cuestión es que te mantengas activa en la lucha contra las barreras que se suelen instalar entre las personas. ¿Por qué ante una persona desconocida la respuesta más normal debe ser mantener las distancias? Está claro que no podemos ser amigos de todo el mundo, ni cuidar de todas las personas que nos encontramos a lo largo del día. Pero, ¿no es una tontería muy grande pensar que somos enemigos de alguien que no conocemos y que cada persona que nos encontramos es un peligro del que hay que defenderse?
Antes de conocer a alguien no sabes cómo tratarlo, tampoco sabes cómo reaccionará la gente que hace tiempo que no ves. En este momento cero del encuentro sólo te puedes guiar por lo que tú crees: confías o te dejas llevar por el miedo. En cada encuentro tú a tú en el ascensor, en el metro o en el trabajo, pero también en reuniones familiares o con tus amigos se juega esta partida. Al final, si vas dejando que el miedo te imponga su criterio cualquier relación se vuelve imposible.
El miedo nos derrota más de una vez, por eso debemos hacerle frente siempre que podamos, por eso tenemos necesidad de defender que cualquier desconocido es potencialmente bueno y amigable. Porque una cosa es reconocer y aceptar que tenemos miedo y, otra bien distinta, es dejar que él tenga la última palabra sobre nuestras relaciones.
Cuando Jesús se presenta a los discípulos de noche y por sorpresa les dice no tengáis miedo... ni buenas noches, ni la paz sea con vosotros. Para empezar bien lo primero es dejar el miedo de lado.